Ciudadanos del mundo
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El episodio de las azafatas españolas regresando en el avión presidencial de Sarkozy me ha recordado algo que no paro de repetir cada vez que tengo oportunidad: los ciudadanos del mundo no existen. Ciudadano se es de un estado. Y se es de un Estado porque éste se alza en garantía de un conjunto de derechos, de protecciones y de libertades. Incluso cuando quedamos atrapados en un entresijo judicial en otro país, el Estado del que somos ciudadanos nos asiste y trata de que no nos sean arrebatadas las garantía mínimas. A veces, sin embargo, hay situaciones terribles en el extranjero en las que uno puede llegar a descubrir que allí no hay ciudadanía que valga, sino poder desnudo y arbitrario.
Insisto: la ciudadanía no es un sentimiento, ni responde a la voluntad de serlo. Es un condición jurídica y política que se tiene o no se tiene.
La moda de declararse ciudadano del mundo olvida siempre que los ciudadanos lo somos de nuestros países. Más allá de eso, más allá de ciudadano español, o francés o canadiense, uno puede ser cosmopolita (gracias, normalmente, al pasaporte expedido en alguna democracia occidental) o apátrida, o refugiado, o espalda mojada, o, simplemente, fulano de tal a merced de alguna gobernación despótica. Por respeto a ellos (si no a la honradez semántica) deberíamos no abusar de autoproclamarnos ciudadanos del mundo.
