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Pascual González. Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. También te puede interesar mi página con contenidos y apuntes de Filosofía.

Ciudadanos del mundo

El episodio de las azafatas españolas regresando en el avión presidencial de Sarkozy me ha recordado algo que no paro de repetir cada vez que tengo oportunidad: los ciudadanos del mundo no existen. Ciudadano se es de un estado. Y se es de un Estado porque éste se alza en garantía de un conjunto de derechos, de protecciones y de libertades. Incluso cuando quedamos atrapados en un entresijo judicial en otro país, el Estado del que somos ciudadanos nos asiste y trata de que no nos sean arrebatadas las garantía mínimas. A veces, sin embargo, hay situaciones terribles en el extranjero en las que uno puede llegar a descubrir que allí no hay ciudadanía que valga, sino poder desnudo y arbitrario.

Insisto: la ciudadanía no es un sentimiento, ni responde a la voluntad de serlo. Es un condición jurídica y política que se tiene o no se tiene.

La moda de declararse ciudadano del mundo olvida siempre que los ciudadanos lo somos de nuestros países. Más allá de eso, más allá de ciudadano español, o francés o canadiense, uno puede ser cosmopolita (gracias, normalmente, al pasaporte expedido en alguna democracia occidental) o apátrida, o refugiado, o espalda mojada, o, simplemente, fulano de tal a merced de alguna gobernación despótica. Por respeto a ellos (si no a la honradez semántica) deberíamos no abusar de autoproclamarnos ciudadanos del mundo.

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