Rigor historiográfico en la cultura árabe
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Este es un texto magnífico -a mí me lo parece, desde luego- sobre cómo la historiografía árabe se mostró cautelosa -¡sano escepticismo!- ante la proliferación de relatos sobre el profeta. Por tanto es un texto que tiene que ver con la historiografía como un discurso que depende de la validez y la calidad de los testigos y de sus fuentes. Personalmente me gusta hablar de este tema en las clases, y explicar cómo el proceso de racionalización que suele denominarse “paso del mito al logos” incluyó la aparición de la historia entendida como un relato del pasado apoyada en testigos, más que en la mera persistencia de tradiciones narrativas de origen remoto y desconocido. Eso, las fuentes, los testigos, es lo que diferencia a la historiografía de la mitología, las leyenas urbanas, los chistes, las anécdotas apócrifas etc.
El texto en cuestión procede de un libro igualmente recomendable, escrito por Jon Juaristi: El reino del ocaso, que bucea con erudición y agudeza poco comunes en la memoria mítica de España, en los imaginarios árabes y cristianos en torno a Al Ándalus y a la Hispania Romana y visigótica. Una gozada, sin duda.
La cultura islámica es muy rigurosa respecto a las condiciones de validez de las cadenas de transmisión oral. Estas, de ordinario, son sometidas a una doble crítica, externa e interna. La última se fundamente en criterios de compatibilidad con la revelación coránica, validez científica y universalismo ético. La crítica externa, siguiendo las reglas canónicas del tradicionista Buqari, “exige que cada transmisor haya recibido directamente la tradición de su informante… y no simplemente de oídas”. En este sentido, se distingue entre los isnad fundados y los que no lo están, y entre los bien y mal fundados. Estos criterios fueron férreamente establecidos al poco de la muerte del profeta con el fin de discriminar entre las tradiciones referidas a este: Naturalmente –escribe Robinson-, era fácil forjar tradiciones (en árabe se las llama hadîth, es decir, relato) para apoyar la propia opinión o al propio partido. Los grandes historiadores y los grandes juristas árabes lo sabían, y trataron de eliminar las tradiciones falsas, como por ejemplo aquellas en que el encadenamiento de testigos que invocaba era evidentemente imposible. Pero tampoco pretendían haber llegado a la verdad. Por tanto, se limitaban a reproducir una tras otra las tradiciones contradictorias sobre un mismo tema yu cintan a los testigos. El lector debe decidir lo que creerá. “Y Dios es el más sabio”, agregan a menudo.
Fuente: Jon Juaristi, El reino del ocaso, Madrid, Espasa Calpe, 2004; p. 66
