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Pascual González. Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. También te puede interesar mi página con contenidos y apuntes de Filosofía.

Lecciones platónicas I (el Estado y el individuo)

Imagina que has cumplido 18 años hace poco y se te presenta la ocasión de votar por primera vez. Probablemente ya tengas tomada tu decisión desde hace algún tiempo. Probamente ya sientas simpatías ideológicas. Bien, todo eso suena estupendo. Pero además de votar a quien prefieras, que para eso es tu derecho, haz una breve reflexión sobre tu voto. No me refiero sobre si votas a la izquierda o a la derecha (eso es cosa tuya, faltaría más) sino por el sentido de tu voto.

Quiero decir: ¿votarás lo mejor para el país o lo mejor para ti? O sea, cuando los ciudadanos votan, lo deben hacer buscando el bien general o su voto debe ir a quien mejor represente sus intereses particulares?

En realidad la pregunta tiene trampa: quizá deberíamos votar lo que sea mejor para nuestro país en general, pero, después de todo, como el voto es individual y secreto ¿cómo podemos pretender que la inmensa mayoría no vote de manera egoísta y lo haga simplemente eligiendo al partido que mejor defienda sus propios intereses particulares? En realidad no debemos escandalizarnos por ello. Está en la naturaleza humana tratar de sacar ventajas individuales cuando se presenta la ocasión. Y unas elecciones libres y democráticas son una ocasión estupenda para que todos defendamos a golpe de voto nuestros intereses. Además, si reconocemos que casi todos votarán siguiendo su propio interés egoísta, tiene poco sentido que no hagamos nosotros lo mismo, dado que un pobre voto no cambiará las cosas. De tal manera que, seguramente, lo que la mayoría hacemos a la hora de votar es pensar qué partidos defienden mejor nuestros intereses. Es inevitable.

Si alguna vez te has hecho esas preguntas, puedes felicitarte, pues a tu manera habrás pensado sobre uno de los problemas más importantes de la filosofía política: ¿cómo debe resolverse el conflicto entre los intereses individuales y los generales? Seguramente hay pocos temas tan importantes en el pensamiento político.

Por cierto, el primero que pensó sobre ello, que yo sepa, fue -¡cómo no!- Platón. En realidad Platón fue el primero que pensó sobre una multitud de problemas a los que seguimos dando vueltas. Por eso los profesores de filosofía no nos cansamos de señalar su importancia -aunque a menudo detestemos algunas de sus soluciones.

Platón pensaba justamente que un buen gobernante debía mirar por el bien de todo el Estado, no de algún grupo particular dentro del mismo. Ése fue uno de los argumentos que le llevó a rechazar la democracia como una buena solución política.

a la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuerza por que ello le suceda a la ciudad entera y por eso introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios con que cada cual pueda ser útil a la comunidad y ella misma forma en la ciudad hombres de esa clase, pero no para dejarles que cada uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos con miras a la cohesión del Estado. Platón, República, libro VII.

Por ello Platón insiste en que la Justicia política debe consistir en armonía entre las partes que componen la ciudad. Platón también insiste en que la ciudad como un todo debe estar por encima de los intereses privados. No sólo eso, sino que en caso de conflicto entre esos intereses y el bienestar de la ciudad, éste último debe prevalecer.

En este punto Platón formula una de las ideas políticas más delicadas y peligrosas de todas: el colectivismo. La idea de que la libertad privada -o una porción de ella- debe ser sacrificada en aras del bien público. En un principio suena como algo noble, pero debemos pensar que los regímenes más atroces -o sea, los totalitarismos- siempre han apelado a ese mismo principio: la idea de que el todo está por encima del individuo. Y no diré que no se deba apelar a él, sino tan sólo que estamos ante una idea que debe manejarse con sumo cuidado -como la nitroglicerina- porque si se maneja mal puede ocasionar verdaderos desastres.

Por cierto, ¿cómo justifica Platón el sacrificio individual a favor del bienestar de la Polis? Pues, a mi parecer, utilizando el argumento más inteligente que se puede dar sobre el tema. Más o menos Platón dice que si el Estado proporciona a algunos hombres una educación superior y les libra de la ignorancia (se está refiriendo a los filósofos) quienes reciben tal cosa de la Ciudad, deberían devolver a la Ciudad lo que le deben, y la mejor forma de hacerlo es implicándose en la vida pública, trabajando para que la ciudad sea mejor, en vez de emplear ese conocimiento en mejorar sólo sus vidas.

tampoco vamos a perjudicar a los filósofos que haya entre nosotros, sino a obligarles, con palabras razonables, a que se cuiden de los demás y les protejan. Les diremos que es natural que las gentes tales que haya en las demás ciudades no participen de los trabajos de ellas, porque se forman solos, contra la voluntad de sus respectivos gobiernos, y, cuando alguien se forma solo y no debe a nadie su crianza, es justo que tampoco se preocupe de reintegrar a nadie el importe de ella. Pero a vosotros os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad, en calidad de jefes y reyes, como los de las colmenas, mejor y más completamente educados que aquéllos y más capaces, por tanto, de participar de ambos aspectos. Tenéis, pues, que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás y acostumbraros a ver en la oscuridad.
Platón, La República, Libro VII

Esto me recuerda mucho a una película de King Vidor, basada en una novela de A. J. Cronin: La ciudadela

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El protagonista de la película es un médico guiado por la vocación profesional y por la filantropía que lucha por curar a los mineros de la tuberculosis o por tratar a enfermos de clases bajas. Su dedicación desinteresada a la medicina le lleva a difíciles momentos económicos. Mientras tanto, vemos cómo un antiguo compañero suyo, de menor talento pero má astuto, logra enormes sumas de dinero convirtiéndose en médico privado de la alta sociedad londinense y atendiendo a damas caprichosas e hipocondríacas. Está claro que para él la medicina es una herramienta al servicio de sus propios intereses. Y está claro también que el médico vocacional que sacrifica su bienestar por ayudar a los enfermos más pobres goza de nuestra simpatía.

Desde un ángulo platónico, además, el médico vocacional estaría cumpliendo con su deber (al igual que el filósofo rey). Creo que Platón, si hubiera podido ver la película, habría sugerido el destierro para los médicos de la alta sociedad. O los habría enviado a cumplir alguna misión forzosa para Médicos Mundi. Pero para nosotros la cuestión debe ser: ¿debe tener alguien derecho a disfrutar de un sistema educativo subvencionado y utilizar después sus conocimientos en su propio provecho personal? Platón, como vemos, ya se hizo este tipo de preguntas. La cuestión ahora es qué respuestas existen, además de la suya. Trataré de responder próximamente en otra entrada.

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