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Pascual González. Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. También te puede interesar mi página con contenidos y apuntes de Filosofía.

Los cuentos de hadas y el terror totalitario (un fragmento de A Finkielkraut)

Cuentos de hadas, cuentos populares, disolución de los conflictos, finales felices, abrazos colectivos:el imaginario de los totalitarismos.

Alain Finkielkraut: un fragmento de La memoria vana.

Es preciso pues extender a la Ideología en general la definición que Thomas Mann daba en 1940 al nacional-socialismo: «El nacional-socialismo significa: “Yo no me preocupo por las consecuencias sociales. Lo que yo quiero es el cuento popular” Esta formulación es, sin duda, la más suave y la más abstracata. Que en realidad el nacional-socialismo sea también una repugnante barbarie se debe a que en el reino de la política los cuentos de hadas se convierten en mentiras»

Catástrofe del cuento de hadas: la peor violencia no nace del antagonismo entre los hombres sino de la certeza de librarlos de éste para siempre “Polemós –decía Heráclito– es el padre de las cosas”. Patocka demuestra claramente que el haber querido acabar con ese reinado ha hecho que la Ideología haya hundido a la humanidad en una angustia sin precedentes. Su inmoralidad absoluta no se debe a su cinismo o a su maquiavelismo sino a la
naturaleza absolutamente moral de sus categorías. Su carácter inhumano, destacado por el procurador, emana de su deseo impaciente de fraternidad. Pues si admitimos con Eluard, el gran poeta de la Ideología, que “para hacer un mundo no hace falta de todo, basta la felicidad y nada más”, ¿no es un crimen dejar vivir y prosperar, sin reaccionar, a los militantes de la desdicha y los enemigos de la sociedad sin enemigo?

Concluiremos que la humanidad deja de ser humana desde el momento en que no hay lugar para el la figura del enemigoen la idea que ella se forja de sí misma y de su destino. Lo que significa, por el contrario, que el angelicalismo no es un humanismo, que la discordia, lejos de ser un error o un arcaísmo de la sociabilidad, es nuestro bien político más preciado, y que la excelencia de la democracia, su superioridad sobre todas las demás formas
de coexistencia humana reside precisamente en el hecho de haber institucionalizado el conflicto inscribiéndolo en el principio mismo de su funcionamiento.

(…) Frente al racista, objeto actual de nuestra execración semanal, todos somos hermanos, prójimos, colegas, todos nos movemos por las mismas emociones, nuestros cuerpos se agitan al ritmo de una misma “gran danza euromundial”, nuestros “diez mil millones de orejas” se extasían con las mismas armonías, nuestros pulsos se aceleran simultáneamente, nos electriza una misma energía y, rechazando la “antigua autoridad del orden verbal” en favor de una cultura del sonido, (…) entonamos el mismo himno de esperanza. Así, se extiende la certeza de que si no existieran los nazis y sus epígonos, los diversos componentes de la humanidad se fundirían en un inmenso abrazo universal.

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