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Pascual González. Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. También te puede interesar mi página con contenidos y apuntes de Filosofía.

La inmigración que viene

El economista ha publicado estos días un artículo de sumo interés. Lo que dice es que las empresas españolas ya se están moviendo para traer a nuestro país inmigrantes cualificados profesionalmente para ocupar puestos técnicos. El motivo es la escasez de técnicos cualificados en España. Aunque, claro, escasez es un concepto relativo. Puede ser un quebradero de cabeza para las empresas, obligadas a fidelizar y a mimar a sus trabajadores, y una ventaja para los profesionales que aprovechan la escasez de personal con una cualificación semejante a la suya. Recordemos que el trabajo es otra mercancía, y que su precio está sometido a los desequilibrios entre oferta y demanda, igual que otros productos. Los sueldos suben cuando la mano de obra es escasa, y bajan cuando la demanda de empleo aumenta. El discurso sindical, por cierto, parece hacerse frecuentemente de espaldas a ese principio.

Bien, pero el artículo es interesante, digo, porque de ser verdad lo que en él se cuenta, nos encontraríamos ante un fenómeno que puede estar lleno de consecuencias: una oleada de inmigración que afectará, no a las clases menos formadas, sino a las clases medias profesionales. Dichas clases tienen, por un lado, una mayor influencia “comunicativa” en la sociedad. Por otro, podrían verse -o ver a sus hijos- compitiendo por el nicho y las condiciones laborales de un modo que no habrían previsto. ¿Puede eso afectar a la base social que hoy sostiene en parte el discurso propio del progresismo buenista? Digo esto porque se trata precisamente del discurso que los profesores de Ética -si bien no sólo ellos- suelen promover en sus clases.

Por ejemplo, una especie recurrente que vengo escuchando a muchos colegas cuando tratan el tema de la emigración es la es la de que ésta no afecta a las condiciones de los trabajadores autóctonos porque “realizan el trabajo que ya no quiere realizar nadie”. ¡Un momento: el trabajo que no quiere realizar nadie a cierto precio! Los inmigrantes no trabajan en el campo porque los autóctonos se nieguen, sino porque están dispuestos a hacerlo por un salario menor. Con ello salimos ganando casi todos, por supuesto. Pues si los empresarios agrícolas tuvieran que pagar más por los jornales, el resultado sería que pagaríamos más por comprar un kilo de alcachofas. Probablemente mucho más. Eso haría que muchos prescindiéramos de comprar alcachofas, con lo que muchos empresarios preferirían no recogerlas antes que ponerlas en el mercado a un precio menor de lo que le cuesta producirlas.

¿Quiénes son los perjudicados en todo ello? Los jornaleros autónomos, claro, que deben competir con una mano de obra dispuesta a recoger alcachofas por menos de lo que ellos venían pidiendo. En todo caso, eso no significa que los inmigrantes realicen trabajos que los autóctonos ya no desean realizar. Ni tampoco que no exista ningún tipo de competición entre inmigrantes y autóctonos. Lo que ocurre, más bien, es que esa competición venía afectando a las capas más pobres y menos cualificadas del espectro laboral español. Empleadas de hogar, peones agrícolas, operarios de la construcción etc. No sólo compiten en el nicho laboral, sino también en el de la vivienda y en general en el nicho urbano. El caso más dramático de esta competencia es el de los barrios donde los propietarios tradicionales ven bajar los precios de sus viviendas cuando el barrio comienza a convertirse en un gueto étnicamente poco atractivo para posibles compradores. Eso genera un éxodo de antiguos propietarios, que perciben la necesidad de comprar un piso en otro lugar antes que la la devaluación -real o temida- lo haga imposible.

Eso no significa que los españoles no nos hayamos beneficiado de la inmigración. En general nos hemos beneficiado mucho. Pero una cosa es reconocer este beneficio y otra muy distinta negarnos a reconocer que hay capas sociales que se han visto obligadas a competir con los nuevos residentes. Negar lo primero puede ser un síntoma de xenofobia. No reconocer lo segundo, en cambio, es un ejerecicio de wishful thinking. Querer, además, cubrirlo con el ya empalagoso barniz escolar del multiculturalismo de andar por casa, es un solmene idiotez, pues sólo puede contribuir a que el desengaño de los hoy cándidos alumnos se transforme en frustración ininteligible mañana, y ésta, a su vez, en odio y xenofobia. Llegados a este punto deberíamos recordar que Le Pen encontró sabrosos y abundantes caladeros de votos en barrios que, una década antes entregaban sus papeletas al Partido Comunista y a la izquierda obrera. Una muestra más de que la teoría de juegos ayuda mejor a entender la acción humana que los sermones dedicados a irradiar “los valores”: los profesores de filosofía deberíamos comenzar a usar la teoría de juegos y la sociobiología como una filosofía de la sospecha hacia el discurso edificante de los valores. O sea, Pinker hace de Nietzsche y Marina de Kant (con perdón).

Bien, lo que quiero decir es que si la inmigración de trabajadores poco cualificados suele afectar a las capas más populares de la población, es de esperar que la contratación de titulados medios e incluso superiores, si se produce y alcanza el suficiente volumen, acabe alterando el consabido dicho que hoy se repite en los institutos, a saber, que los inmigrantes ocupan puestos de trabajo que los españoles ya no desean. Entonces es posible que en muchos de los profesores que hoy se adscriben a la izquierda buenista modifiquen su percepción. Después de todo, ya tenemos un precedente que indica por dónde pueden ir los tiros: el pánico, materializado en ese monstruo imaginario bautizado como el fontanero polaco que recorrió Europa Occidental cuando la Comisión Europea propuso la versión fuerte -o sea, la más liberal- de la Directiva Bolkenstein. O sea, el temor a que los trabajadores occidentales se vieran obligados a competir con trabajadores cualificados del Este de Europa dispuestos a trabajar por salarios menores. Recordemos que fueron los partidos de izquierda, precisamente, quienes elevaron el rechazo de la Directiva Bolkenstein a programa político, si bien ya no el lema de frenar la inmigración, sino de impedir el dumping social.

Estoy deseando ver qué propondrán los entusiastas de la pedagogía edificante para llevar este tema a las aulas y a la Educación para la Ciudadanía. Aunque me temo lo peor.

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