Primero la pasta, después la democracia
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En 4º de la ESO estamos hablando sobre el Estado. Al hilo de una explicación se me ocurrió preguntar “al tendido” qué preferían, ser ricos en una dictadura o ser trabajadores en una democracia. La mayor parte eligió la primera opción. Confieso que no me escandaliza lo más mínimo. Tampoco traté de convencer a los alumnos de que se trataba de una preferencia inmoral. Ni tengo claro que lo sea. Puede ser una decisión poco heroica. Egoísta, sin duda, pero no me parece que sea reprochable. Sería reprochable si estuvieran dispuestos a contribuir a una dictadura si ello les permitiera vivir como millonarios. En todo caso, creo que debería elaborar una encuesta anónima donde incluir estos matices y pasarla a varias clases.
Este tipo de preguntas también dan lugar a reflexiones interesantes: la mayoría de los ciudadanos prefiere la democracia, pero ¿cuáles son las razones principales de esa preferencia? ¿Se trata de una preferencia moral por la libertad política o existe también la percepción de que la democracia nos permitirá a la mayoría defender mejor nuestros intereses económicos? Por ejemplo, al proponerles la disyuntiva a los alumnos, más de uno estaba interesado en una cláusula de garantía por la cual el Estado dictatorial no fuera a expropiarles después su riqueza. O sea, eran conscientes de que la democracia no es sólo un sistema de alternancia pacífica en el poder o una condición de la libertad política, sino, antes que eso, una garantía económica, un sistema que permite proteger el patrimonio de la arbitrariedad de los gobernantes.
Todo lo cual tiene relación con algo que acepto desde hace tiempo (no soy historiador, ni tampoco una autoridad en la historia del franquismo, así que tal vez sea una obviedad, o tal vez un disparate). A saber, en los años sesenta los españoles, o al menos la incipiente clase media, acaso percibió de que un enfrentamiento con el régimen político era poner en riesgo las expectativas económicas que entonces se abrían ante ellos. No se trata de que la mayoría no hubiera preferido la democracia como sistema político, sino de percepción del riesgo y de prioridades. Tal vez esa masa de ciudadanos más preocupados por la seguridad económica que por los ideales políticos sea el agente silencioso y antiheroico al que los españoles debamos una transición pacífica. Aunque nadie presuma de pertenencia a la clase media y sí de correr ante los grises y de exuberantes ideales.
