Daniel C. Dennett: Dulces sueños (un fragmento, y más cosas)
Archivado en: Filosofía I, Psicología, Textos, historia de la filosofía
Autor: Daniel C. Dennett
Título: Dulces sueños. Obstáculos filosóficos para una ciencia de la conciencia
Hace cuatro siglos, Descartes planteó uno de los problemas centrales de la filosofía moderna: la relación entre el alma y el cuerpo. Si el alma es una cosa inmaterial y el cuerpo una máquina, un entramado de ruedas, resortes y engranajes (aunque mucho más sutiles que aquellos de los ingenios construidos por el hombre, dado que han sido creados por un ingeniero mucho mejor con materiales mucho más finos), si esto es así, digo, ¿de qué manera el alma puede influir en el cuerpo? ¿cómo es posible que una máquina responda, pongamos por caso, a la orden emitida por el alma -inmaterial- de levantar un brazo? Si nuestros cuerpos son máquinas, ¿quién las gobierna, las leyes de la mecánica, como al resto de la materia o una mente inmaterial dotada de voluntad y capacidad de pensar?
(Escena de Cassanova, de Felllini).
La historia de la filosofía moderna es, entre otras cosas, un intento de resolver este problema. Y lo excéntricas y contraintuitivas de muchas de sus soluciones parecen un indicador de lo difícil que resultaba abordarlo.
Spinoza
Spinoza, por ejemplo, dijo que en realidad, el alma y el cuerpo eran parte de la misma naturaleza. Podemos decir que es la visión que hoy triunfa -creo- de la mano de Darwin, las neurociencias y, en general, el naturalismo y el emergentismo. O sea, la idea de que la conciencia es un mecanismo que emerge de estructuras que son ellas mismas inconscientes. Y lo hace de forma natural.
Berkeley, Matrix y los cerebros en cubetas
Berkeley concluyó que la materia es un ilusión o, mejor, que no existe como algo independiente de la mente, de las percepciones. Ser es ser percibido: si al teclado sobre el que estoy escribiendo lo despojamos de aquello que percibo de él (su color, su olor, su textura…) ¿qué queda? Nada.
Hay, por cierto, una escena de Matrix que resume estupendamente el argumento (la recrearé de memoria, a riesgo de alterar algún detalle). El traidor al grupo de Morfeo regresa a Matrix para vivir una vida llena de comodidades. Una vez allí se hace servir un delicioso filete. Él sabe que el filete no es real, que es un conjunto de percepciones inducidas por una máquina a la que su cuerpo está conectado. Y lo dice: sé que esto no es un filete, pero sabe como un filete, huele como un filete, tiene la textura de un filete y, al comerlo, me produce el bienestar que suele producir comer un filete. Así pues: ¿cuál es la diferencia entre un filete real y le conjunto de sensaciones-filete inducidos por Matrix? Eso fue lo que descubrió Berkeley, precisamente: que nuestras percepciones, nuestra experiencia, en la medida en que son estados mentales, serían indistinguibles, tanto si éstas las produce una realidad exterior, material e independiente de nosotros, como si fueran percepciones producidas directamente por Dios (Matrix se parece al Dios de Berkeley: es un inmenso y potentísimo servidor de estados mentales).
El argumento de Berkeley procede en realidad del siglo XIV, de Guillermo de Ockham. Aunque eso lo dejaremos para otra vez. A su vez, ha tenido en nuestros días una reformulación que ya es clásica: los cerebros en una cubeta, de Hilary Putnam. 
Leibniz y la armonía preestablecida
Pero, sin duda, la solución más excéntrica de todas es la de la armonía preestablecida, formulada por Leibniz. Trataré de traducirla a un lenguaje sencillo: imagina que tu cuerpo y tu mente existen en el mismo habitáculo (tú) pero no se tocan. O sea, la mente no puede actuar sobre el cuerpo, y, de hecho, no lo hace. Un momento, pero eso va contra la intuición básica de que cuando mi mente ordena a nuestro brazo que se levante, éste obedece. Ergo: debe haber algún tipo de relación entre ellas. No, dice Leibniz. En realidad se trata de la ilusión de que el brazo se levanta porque la mente se lo ordena, pero no es así. El brazo no se levanta debido a una orden procedente de la mente, sino que la orden de la mente y el movimiento del brazo, en realidad, coinciden en el mismo tiempo. Y eso nos hace creer -comprensiblemente- que la causa del movimiento está en la orden. Pero, ¿cómo es posible que coincidan? Bien, porque Dios, desde la eternidad, conoce todo lo que van a hacer nuestras mentes: todos sus pensamientos, todos sus deseos, todas sus experiencias… Y después ha creado el mundo físico (que es mecánico, determinista, regido por leyes necesarias) teniendo en cuenta esa información. Y lo ha dispuesto para que la inmensa mayoría de las acciones de nuestro cuerpo (que se rige por esas leyes mecánicas, y no por los deseos de la mente inmaterial) coincidan con nuestros actos mentales. O sea, Dios sabía que ahora ibas a darle a tu brazo la orden de que se levantara. Y Dios, además, ha construido un mundo material en el que ahora tu brazo, por efecto de las leyes de la naturaleza y de la disposición de la materia en el momento anterior, se levante. O sea, ambos sucesos coinciden. Pero son independientes el uno del otro. A eso Leibniz lo llamó armonía preestablecida.
Gilbert Ryle: el fantasma en la máquina como error categorial
Después de Darwin la idea de una mente como algo distinto del cuerpo ha ido poco a poco erosionándose. Hoy resulta mucho más fácil aceptar que la mente es algo que hace el cerebro. Tan sólo la dificultad para explicar los mecanismo neurológicos que la hacen posibles, así como la inmediatez de nuestra experiencia de “lo mental”, parecen mantenerla. Gilbert Ryle, en una obra llamada El concepto de lo mental dedica un capítulo a explicar el mito de Descartes para defender que la idea de una mente como algo distinto del cuerpo es un error categorial. O sea, un error lingüístico, una forma de hablar engañosa:
A un extranjero que visita Oxford o Cambridge por primera vez, se le muestran los colleges, bibliotecas, campos de deportes, museos, departamentos científicos y oficinas administrativas. Pero luego pregunta: “¿Dónde está la universidad? He visto dónde viven los miembros de los colleges, dónde trabajad registrador (registrar), dónde hacen experimentos los científicos, pero aún no he visto la universidad donde residen y trabajan sus miembros”. Se le tiene que explicar, entonces, que la universidad no es otra institución paralela o una especie de homólogo de los colleges, laboratorios y oficinas. La universidad es la manera en que todo lo que ha visto se encuentra organizado. Cuando se ven edificios y se comprende su coordinación, puede decirse que se ha visto la universidad. Su error parte de la inocente suposición de que es correcto hablar del Christ Church, la Bodleian Library, el Ashmolean Museum y de la universidad, como Si “la universidad” hiciera referencia a un miembro adicional de la clase de la que son miembros los otros elementos. Erróneamente se ha asignado a la universidad la misma categoría a la que pertenecen aquellos.
Para Ryle, Descartes había hecho algo parecido con la mente. Describió “lo mental” con un lenguaje y unas cateogorías inapropiados. Por ejemplo, diciendo que la mente era una cosa:
De esta manera, las diferencias entre lo físico y lo mental fueron representadas
como diferencias existentes dentro del marco común de las categorías de “cosa”, “estofa”, “atributo”, “estado”, “proceso”, “cambio”, “causa” y “efecto”. Las mentes son cosas, aunque de un tipo distinto de los cuerpos. Los procesos mentales son causas y efectos, pero de tipo diferente al de las causas y efectos de los movimientos corporales. De la misma manera que nuestro visitante esperaba que la universidad fuera un edificio más, aunque un poco diferente del de un college, los que repudiaron el mecanicismo representaron las mentes como centros de procesos causal es parecidos a las máquinas pero, al mismo tiempo, considerablemente distintos
de ellas. Su teoría fue una hipótesis paramecánica.

O sea: la causa de que creamos que existe una cosa llamada mente es en realidad una forma de hablar engañosa, impropia, inexacta. Una sucesión de errores categoriales. Es como cuando le decimos a un niño que la personas dormimos en habitaciones y los coches en el garaje. Y el niño ve que , en efecto, al caer la noche, las personas vamos a nuestras habitaciones y papá guarda el coche en garaje. El niño se deja llevar por la analogía, la acepta en sentido literal, y acaba atribuyendo al coche la capacidad de dormir. Está siendo engañado por cometer un error categorial.
La metáfora más famosa de Ryle, el error categorial de muestra que se ha hecho ya célebre (¡hasta sirvió de título para un disco de Police!) es el de “fantasma en la máquina”: creer que dentro del cuerpo hay una cosa que es la mente y que esa cosa gobierna sobre el cuerpo es como creer que existe un fantasma que hace girar la lavadora.

Ryle reloaded: Daniel C. Dennett
En nuestros días el principal continuador de Ryle es Daniel C. Dennett, que además ha fusionado el darwinismo con la filosofía del lenguaje y de la mente de la tradición analítica, y ha producido con ello uno de los cócteles filosóficos más interesantes de los últimos tiempos.
En la editorial Katz han publicado un libro (que ni siquiera he comprado -todavía-) llamado Dulces sueños, y subtitulado, para que no quepan dudas, “Obstáculos filosóficos para una ciencia de la conciencia”. O sea, sobre la resistencia a aceptar una explicación naturalista, emergentista, de lo mental.
A continuación, y para acabar esta entrada, pego este fragmento del fragmento. Dennett, además de un pensador muy complejo, es un magnífico creador de metáforas y de imágenes, lo que le convierte en alguien muy agradable de leer. Este texto, creo, podría ser leído también por alumnos de secundaria:
Lo que hoy sabemos es que somos un conjunto de miles y miles de millones de células de miles de tipos diferentes. La mayoría de las células que componen nuestro organismo provienen del óvulo y el espermatozoide a cuya unión debemos nuestro origen (aunque también hay millones de células que hicieron autoestop, pertenecientes a miles de linajes que viajan de polizones en el organismo) y, para decirlo con la mayor claridad posible de una vez por todas, ‘no hay una sola célula de las que forman parte de nosotros que sepa quiénes somos, o a la que le importe saberlo’.
Las células que nos integran están vivas, pero hoy sabemos sobre la vida lo suficiente para percibir que cada célula es una unidad mecánica, un microrrobot en gran medida autónomo cuyo grado de conciencia no supera al de una levadura. La masa de pan que leva en un recipiente está llena de vida; sin embargo, nada de lo que hay en ese recipiente está dotado de sensibilidad o conciencia -y si no fuera así, sería un hecho notable del que hoy en día no tenemos ni la más mínima evidencia-. Es que hoy sabemos que los “milagros” de la vida -el metabolismo, el crecimiento, las funciones de autorreparación y defensa y, claro está, la reproducción- se realizan por medios cuya complejidad puede maravillarnos, sin que sea en absoluto milagrosa. El organismo no necesita un supervisor sensible para que el metabolismo funcione, ni es necesario un élan vital para desencadenar mecanismos de autorreparación, y las incesantes nano-fábricas de la división celular producen duplicados sin que sea necesaria la intervención de deseos fantasmagóricos o fuerzas vitales especiales. Así haya cien kilos de levadura juntos, no se hacen preguntas sobre Braque ni sobre ningún otro tema, pero nosotros sí, y sin embargo estamos hechos de partes (es decir, de células eucarióticas) que son básicamente del mismo tipo que las células de la levadura, con la diferencia de que realizan otras tareas. Nuestro ejército de miles de millones de robots conforma un régimen cuya eficiencia nos deja sin aliento. Pese a que no hay un dictador que lo rija, se las arregla para rechazar los ataques enemigos, desterrar a los débiles, mantener una férrea disciplina y ser el cuartel de un ser consciente, una mente. Las comunidades celulares son fascistas en extremo; nuestros intereses y valores, en cambio, poco tienen que ver con sus limitados objetivos… por suerte. Hay personas que son amables y generosas; hay otras que son inflexibles; a algunos les atrae la pornografía y otros dedican su vida a servir a Dios. Y a lo largo de los siglos, los hombres han caído en la tentación de atribuir esas notables diferencias a algún factor adicional -un alma-, ubicado en algún sector del cuartel corporal. Hasta no hace mucho tiempo, esa idea de un mágico ingrediente extra era la única explicación posible de la conciencia que tenía alguna posibilidad al menos de parecer sensata. Para muchos, de hecho, la idea del dualismo es aún hoy la única concepción de la conciencia que tiene sentido, pero los científicos y los filósofos están de acuerdo en que el dualismo es falso; tiene que serlo. Cada uno de nosotros está hecho de robots mecánicos y punto: no hay ingredientes no físicos, no robóticos en la receta de los seres humanos.
Pero, ¿cómo es posible? Hace más de dos siglos y medio, Leibniz ideó una bomba de intuición que desafiaba nuestra imaginación, antecesor engañoso del experimento de la habitación china de Searle, la nación china de Block y los zombis de hoy en día.

serenus | Mar 27, 2008 | Reply
5.632. El sujeto no pertenece al mundo sino que es un límite del mundo.
Wittgenstein.
Pascual González | Mar 28, 2008 | Reply
Hola Serenus. Supongo que el enfoque de Wittgenstein, como también el de Kant cuando habla de sujeto, no es el de la relación entre la mente y el cuerpo:
“El yo filosófico no es el hombre, ni el cuerpo humano, ni tampoco el alma humana de la cual trata la psicología, sino el sujeto metafísico, el límite -no una parte del mundo.”
El observador no es observable. ¿Pero por qué no?
Como naturalista me cuesta bastante encajar los discursos transcendentales, como los de Kant o los del primer Wittegesntein, aunque ya sé que esto no es un argumento de nada. En el fondo, me incomoda la filosofía del Tractatus, tan asertiva, diríase que incluso solemne. Seguramente es debido a alguna inacapacidad mía que me hace acreedor de recibir con el atizador de W. (también me ocurre -en mucha mayor medida- con Heidegger). Las “Investigaciones”, en cambio, me parecen una delicia.
serenus | Mar 28, 2008 | Reply
Reconozco que me interesa -y me atrae- mucho más el Wittgenstein del Tractatus que el de las Investigaciones, al menos hasta ahora. Desde luego la dificultad del Tractatus es manifiesta..
No es puede hablar de él porque es la condición de todo decir -tal como la lógica no puede ser enunciada, pero es la condición de toda enunciación..
juanma | Mar 28, 2008 | Reply
Si me permitís algo sobre gustos, a mí en cambio me encanta el Tractatus como filosofía en la que todo encaja y que no es más que la figura una de tantas como hay en la historia de la metafísica del fracaso teórico.
En cambio las Investigaciones arrostran el fracaso y la cosa es mucho más seria.
Por eso y siguiendo con el gusto y los sabores, el Tractatus si se lo “traga” uno porque sabe muy bien engorda metafísicamente hablando, en cambio si uno intenta digerir las Investigaciones no es posible engordar porque el esfuerzo al que le somete le cambia a uno a hasta el metabolismo.
Todo esto un poco en broma (que no por ello me lo dejo de tomar en serio)
Pascual González | Mar 30, 2008 | Reply
Querido Juanma: no digas esas cosas ante los enemigos de la filosofía (que los hay), o usarán tus palabras para decir que somos una secta dedicada al archivo y la conservación de ideas fracasadas. Cosa que no deja de tener su encanto, pero que nos pondría fuera de la enseñanza en dos días. La filosofía debe preocuparse justamente de resistir el fracaso teórico, de ser efectiva en el debate de ideas.
Bueno, tómate este puñetazo sobre la mesa también medio en broma.
Un saludo (y perdona que no haya podido responder hasta hoy)
juanma | Mar 30, 2008 | Reply
Sobre lo de la eficacia Pascual, hace poco leí unas declaraciones de Auserón que contaba una historia de cuando estaba,probablemente por el 77, oyendo las clases de Deleuze, y si no lo recuerdo mal Auserón le decía a Deleuze que si con la música no se podía ser más eficaz, respecto de la transmisión, supongo que hasta de ideas, y Deleuze parece que le espetó “joven la eficacia es un concepto teológico”, yo diría que la eficacia es una cuestión de la tecnología e incluso de la economía, pero para la teoría (y ahora, claro está, no lo digo en voz alta, para que no lo oigan los enemigos, ni los muy jóvenes, ni los que tienen tendencia al malditismo, e incluso para algunos otros de caracterización difusa) lo del fracaso es inherente sobre todo porque teoría es principalmente, contemplación, ver hacer de espectador y si uno se pone así de guapo, seguro que le va mal. Bueno y siguiendo con algunas citas, Deleuze declaró en algún momento que ante la pregunta, malévola sin duda, de qué para qué sirve la filosofía, no queda más que una respuesta agresiva.
Y respeto de tu entrada, lo que puedo entender sobre filosofía de la mente y que no tiene porque aplicarse a todos los que citas (especialmente y para mi gusto en ningún caso para Espinosa), es que muchas veces se confunde la contemplación con la de suponer un objeto que ha de ser contemplado, en este caso la mente, o vaya usted a saber que.
Pascual González | Mar 31, 2008 | Reply
Bueno, cuando hablo de eficacia me refiero precisamente a eficacia teórica. O sea, no pienso que la filosofía deba abandonar su carácter eminentemente teórico para convertirse en un fenómeno de otro tipo (animación sociocultural, bálsamo terapéutico para sustituir a la psicología o competir con ella…etc).
La eficacia se refiere en primer lugar a eficacia teórica, pero eso no está reñido con disciplinar el discurso filosófico -un poco a la manera de Kant- y ponerlo al servicio de aquello para lo que pueda estar bien dotado, y dejar en segundo plano las empresas trágicas (los grandes esfuerzos destinados al fracaso), metafísicas, totalizadoras.
En mi humilde opinión, eso conduce a cierta disolución de la filosofía. Me temo que estamos asistiendo al nacimiento de una especie intelectual (como la que encarna Dennett, el Dennett de La peligrosa idea de Darwin) que está muy cerca (quiero decir también, casi al mismo nivel) de los científicos. Al mismo tiempo, también estamos observando cómo los científicos están penetrando el otrora críptico terreno filosófico.
Por ejemplo: ¿no están los libros de Richard Dawkins, Antonio Damasio o Steven Pinker digamos, llenos de filosofía? ¿Pueden los filósofos seguir pasando por alto la evolución de eso que ya se está llamando tercera cultura? ¿No se ha convertido una empresa intelectual como Edge.org en una institución filosófica? ¿No ha reocupado un espacio que era filosófico? Y más aún: ¿no está dando frutos? ¿Qué les falta a sus protagonistas para ser llamados filósofos ellos mismos (con más razón que muchos que ostentan dicho título ante las instituciones)?
Me parece que aquello de Wittgenstein de que la filosofía estará por encima o por debajo de la ciencia pero, en cualquier caso, siempre en otro nivel distinto al de ésta, es una idea que puede atarse hoy en día con más razón que nunca.
Sobre Spinoza… ¿Habrá alguien que lo haya rescatrado hoy en día con más lucidez que Anrtonio Damasio, que es un neurobiólogo?
E incluso: si la filosofía es una teoría de la racionalidad… ¿habrá alguna obra más interesante a la hora de enfrentarnos a esta pregunta que “El origen de las especies”? Por cierto, creo que el Nietzsche de los primeros párrafos de “Sobre verdad y mentira…” estaría de acuerdo en esto (a pesar de lo deficiente lectura -en otros aspectos- que Nietzsche hace de Darwin).