Another Brick in the World en el Instituto.
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En mi centro marcamos el cambio de clase con tres minutos de música. Cada semana suele ser un tema. Hoy, de forma un tanto sorprendente -o no- los responsables han elegido Another Brick in the World, el famoso tema de El Muro de Pink Floyd. O sea, un hito de la contracultura y una denuncia de la escuela como instrumento de manipulación infantil: Hey, profes, dejad a los niños en paz.
¿Es la escuela que se hace contracultural (con consiguiente desastre que ello anuncia)? ¿Es la contracultura, que se ha sido domesticada, asimilada y convertida en una instancia oficial? ¿Es el esperpento hispánico de no saber inglés y no habernos enterado del significado de El Muro? Todo es posible, incluida la combinación de alguno de éstos o de otros elementos.
En cualquier caso, me ha chocado la elección musical. Principalmente porque a menudo reflexiono sobre algo que no suele citarse cuando se habla de la degradación de la escuela, y es que, desde hace ya algún tiempo ésta ha pasado a estar administrada, en gran medida, por dos generaciones educadas por la escuela de su tiempo pero igualmente fascinadas por la contracultura, que denunció la institución escolar como una fábrica de autómatas al servicio de un capitalismo siempre alienante o de la sociedad se masas.
Lo cierto es que pienso en esta contradicción cada vez que charlo (o discuto, o escucho) con profesores que aún parecen rejuvenecer recordándome que ellos se implicaron contra el sistema, o que hicieron (o quisieron, o creyeron hacer, o les contó un primo mayor) el bendito mayo del 68. Y ya se ve: hoy administran el chiringuito académico, y entre álgebra y geografía, hacen sonar El muro en el templo. ¡Santa cofradía del complejo, (a la que tal vez yo pertenezca igualmente)!

