Cervantes frente a Gutenberg: Alonso Quijano y el descubrimiento del Best Seller
Archivado en: Reflexiones
Durante la Edad Media, los libros vivieron en un mundo cruel, darwiniano, donde el struggle for life enfrentaba a unas obras contra otras en un juego cercano a la suma cero. Me explico: la probabilidad que tiene una obra escrita de sobrevivir depende del número de copias que se realicen de ella. Cuantas más copias, más fácil resultará la supervivencia de la obra. Ahí radicaba la importancia capital de los copistas medievales: la supervivencia de las obras escritas pasaba necesariamente por ellos. El scriptorium era una especie de quirófano donde, al copiar una obra ya existente, se la salvaba de morir. Al menos hasta que una ataque de ratas hambrientas, un incendio o alguna otra contingencia no la hiciera desaparecer para siempre.
Copiar un libro era caro en recursos y también en tiempo. Y los copistas eran escasos. De manera que la importancia del copista no sólo era producir copias de los libros sino elegir qué obra merecía tantos esfuerzos. Los copistas, cuando decidían que ésta obra era más digna de ser copiada (de ser salvada, por tanto) no sólo fueron artesanos de la escritura, sino intelectuales que construyeron un canon. Cada copia era un voto a favor de la supervivencia de la obra copiada. El canon medieval se articuló eligiendo qué obras debían copiarse con mayor urgencia y cuáles podían esperar. Como en una pesadilla malthusiana, si el número de ideas crecía a un ritmo mayor que el número de obras que los copistas podían salvar, muchas de ellas tendrían que perecer. El scriptorium es un cuello de botella entre los sabios medievales y la posteridad. Y los copistas administraban el tráfico entre ambos órdenes.
Hasta que llegó Gutenberg. El mundo escrito deja de ser un mundo de copistas a otro de impresores. Con la imprenta el libro abandona la economía de la escasez para dar sus primeros pasos en una economía de la abundancia. Con menor coste se podían producir muchísimos más libros. Uno de los efectos más conocidos de esta mutación de la obra escrita, fue la difusión de la Biblia y, con ella, de la Reforma. Ya es un lugar común nombrar la imprenta como la condición que hizo posible la Reforma. La Biblia, traducida ahora a lengua vernácula e impresa en una cantidad nunca vista hasta entonces y bajo un coste razonable para los bolsillos de los burgueses, entra en las casas de una buena parte de Europa . La libre interpretación de la Escritura proclamada por Lutero se habría quedado en un brindis al Sol si Gutenberg no lo hubiera hecho materialmente posible.
Por otro lado, ahí comenzaría la moderna historia de la escritura como vehículo de transformación cultural, como cauce por donde siempre pueden discurrir la innovación, la reforma, la herejía o, incluso, la revolución. Una historia que arranca de la Biblia alemana y que llega hasta el samizdat, justo unos años antes de la irrupción de Internet y los blogs.
Pero el libro impreso encontró pronto una función aparentemente más trivial: servir como entretenimiento. A los hogares europeos no sólo podía llegar la Biblia, sino también obras dedicadas a hacer ameno los interminables tiempos muertos de las mujeres o de los rentistas.
Aquí nace, precisamente, el universo que Cervantes creó en El Quijote. Ésa es la figura que encontramos en Alosnso Quijano. Un rentista soltero y ocioso que vive con su sobrina y con un ama, y que ha encontrado en las novelas impresas de caballería, el mejor de los remedios para escapar al tedio de una existencia tan desierta de sentido como algunos de los paisajes de la Mancha. El invento de Gutenberg debió de resultar balsámico para los Alonso Quijano de toda Europa, quienes seguramente no dejaron de demandar dosis cada vez mayores de sentido en forma de ficciones novelísticas fáciles de entender gracias a las convenciones de género. La imprenta hizo posible que los libros de relatos produjeran una experiencia cada vez menos literaria pero, al mismo tiempo más adictiva. Cevantes debió de sentirse ante esa inflación narrativa e impresa como un chef de cocina ante un donut. Y entonces decidió vengarse convirtiendo a uno de esos nuevos lectores en un héroe novelesco, y haciendo colisionar la realidad con la alucinación.
El Quijote nos habla, por tanto, de una doble mutación: por un lado, la del lector, cada vez más convertido en un devorador de productos escritos. Por otro lado la que afecta la mundo del libro cuando tras la imprenta comienza a comportarse según las leyes de la abundancia, y no las de la escasez como en la Edad Media. La imprenta ha traído una inflación de libros, y con ello la difusión de obras de segunda, tercera y cuarta categorías. Obras que en el asutero mundo medieval nunca habrían visto la luz o que jamás nadie se habría tomado la molestia de copiar. En el fondo, Alonso Quijano es el primer consumidor de productos culturales de serie B. En el fondo, el propio Quijote aprovecha los recursos de ee universo , si bien magistralmente, para deconstruirla. Cervantes tiene la esperanza de darle un tiro de gracia a la literatura de serie B, pero lo que hace es recrearla. Por cierto, ¿no recuerda esto a Tarantino? ¿A quién debe el director de Pulp Fiction o Kill Bill más que a Miguel de Cervantes y a Don Quijote?

irichc | Sep 22, 2008 | Reply
Qué buen artículo. Gracias.
Leí que a San Bernardo no le faltaron copistas, mientras que Pedro Abelardo no tuvo tanta suerte, dada su condición de heterodoxo, y ello a pesar de su gran fama. Ahora bien, aunque sus obras no se han perdido, todavía no gozan de la difusión que merecerían ya en la era de Gutenberg. Y otro tanto sucede con autores preilustrados que, siendo célebres en su tiempo, ahora no son más que una curiosidad erudita. Triste y paradójico panorama.