Sobre la prohibición de los hombres anuncio
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Me sorprende la ordenanza proyectada por el Ayuntamiento de Madrid, que planea prohibir los hombres anuncio. Lo cierto es que en el texto de dicho proyecto no se ofrecen razones de dicha medida. Tan sólo:
En el término municipal de Madrid, se prohíbe la utilización de personas como soporte publicitario.
En todo caso, el conjunto del texto, sí autoriza a pensar que el motivo es que al Ayuntamiento de Madrid le parece indigno que haya ciudadanos ganándose la vida usando sus cuerpos como soportes publicitarios.
Lo primero que llama la atención de la prohibición es, aparte de no ofrecer motivos (”se prohíbe”, y punto) la redacción del texto: “la utilización de personas…”. O sea, esas personas son utilizadas, sin más, de forma similiar a como usamos cualquier utensilio o medio. Como si existieran los hombres anuncio porque hay alguien que los usa, y no porque también ellos toman la decisión de realizar ese trabajo. Figuritas de un belén urbano que desaprensivas manos colocaron en el centro de la ciudad. Oiga, pues no.
Ahora se me replicará (en realidad esta discusión es vieja y ya la conocemos) que quien accede a trabajar como hombre anuncio no lo hace del todo libremente, sino forzado por circunstancias económicas duras, muy duras e, incluso, terriblemente duras. Es verdad. En general todo el mundo prefiere hacer muchas cosas antes que servir de hombre anuncio. Lo mismo ocurre con otras actividades, como fregar suelos, hacer las camas de un hotel, atender a malhumorados clientes en el departamento de reclamaciones de un call-center, limpiar el culo a los ancianos o vender chicles y cocacolas en el estadio. ¿O alguien cree que esos empleos no se escogen después de haber ponderado el resto de las opciones y haberlas descartado por ser menos deseables?
Cuando se prohíbe un trabajo -como a los hombres anuncio- apelando a la dignidad, pareciera que al día siguiente veremos a quienes antes lo ejercían ocupar puestos mejor remunerados y mucho más “dignos” (según los criterios del Ayuntamiento de Madrid). Cualquiera sabe que esto es falso: si hoy se prohíbe a alguien trabajar como hombre anuncio, mañana estará en el paro, en los comedores de caridad o, peor, en la delincuencia. Personalmente, alguien que se pasea vestido de cartel por Preciados a cambio de un más que modesto sueldo me parece más digno que quien se queda en su casa sin hacer nada. Muchísimo más.

serenus | Oct 10, 2008 | Reply
Muy buen artículo. A veces lo más evidente -y sensato- se nos pasa por alto -o por bajo-, enmascarado tras las “grandes” palabras, valores, ideas..
Lo suscribo.
Pascual González | Oct 10, 2008 | Reply
Gracias. Me alegra estar de acuerdo contigo.
Santiago Navajas | Oct 10, 2008 | Reply
Es muy platónico eso de prohibir actividades por “ser indignas”, incluso contra el criterio y el interés de las presuntas víctimas.
De hecho, entre las profesiones “indignas” Platón, o su puritano heredero Wittgenstein, consideraban que ser profesor de filosofía es la peor de las indignidades. Llegará el día que ARG nos prohiba.
Pascual González | Oct 10, 2008 | Reply
Bueno, ARG debe darse prisa entonces, si quiere prohibirnos antes de que Peces Barba nos diluya.
Lo peor es la coartada humanitaria para justificar una medida cuyo único propósito sólo puede ser no sacudir el confort moral de quienes van de compras por el centro. Como los hombres-anuncio son incómodos para la mirada complaciente de muchos, los prohíbo, y como el auténtico motivo es inconfesable, nos vestimos de filántropos y decimos que lo hacemos para proteger su dignidiad. Es política, claro, pero no entiendo la fascinación que ARG despierta en tantos.