Guerra y paz (I)

Hace unas semans me llamó la atención esta frase de Martin Varsavsky:

The Palestinian-Israeli conflict will be resolved when everyone recognizes their mistakes, and changes, and not just when the Israelis do.

O sea:

El conflicto palestino-israelí se resolverá cuando cada uno reconozca sus errores y cambie, y no sólo cuando lo hagan los israelíes.

Bien, no estoy nada de acuerdo. Creo que Varsavsky nos está ofreciendo aquí una visión moralista de la paz. Según esta visión, la paz es el resultado de algún tipo de logro moral, por ejemplo reconocer tus propios errores, o ser capaz de adoptar el punto de vista de tu enemigo, o de entender que ellos también tienen familias, o de conmoverte con su dolor etc.

Lo malo de ese tipo de argumentaciones es que no poseen respaldo histórico. Nos gusta creer en un mundo donde la paz sea un logro de la moral, pero la historia nos cuenta algo mucho más prosaico: la paz suele ser una consecuencia de la victoria militar, del miedo o de la falta de rentabilidad de la guerra. Usando el lenguaje de la teoría de juegos, podemos clasificar los tipos de paz como sigue:

  1. Paz como imposición de los vencedores a los vencidos. Se parece a un juego de suma cero: uno gana, otro pierde y el vencedor impone los términos y las condiciones de la paz. Ésta es, por tanto, el tipo de equilibrio que los vencidos imponen. Aquí la paz no es lo opuesto a la guerra, sino su consecuencia. Ejemplos: la Pax romana, la Paz de Versalles (1919) , Pax americana con Japón o con Alemania (1945).
  2. Paz pragmática, para evitar las pérdidas ocasionadas por la guerra. Se intenta evitar un juego de suma negativa. Se establece la paz porque el temor a las pérdidas de la guerra tienen más peso que las expectativas de ganancias (aquí “pérdidas” o “ganancias” no deben traducirse directamente como “derrota” o “victoria” militares: por ejemplo, el temor a una victoria pírrica, donde incluso el vencedor pierde, debido a lo irrelevante de las ganancias en comparación con las pérdidas de la guerra, entraría dentro de esta categoría). Ejemplos: Paz de Westfalia (1948), Guerra fría (1945-1989).
  3. Paz kantiana. Con la paz se gana más de lo que se puede ganar con la guerra. Los participantes forman parte de un juego de suma positiva. Ejemplo: Unión Europea.

El resto de esta entrada la dedicaré a ejemplificar cada uno de estos tipos de paz. También haré una reflexión sobre lo artificial de la paz kantiana europea. Finalmente, otra reflexión sobre la llamada “educación para la paz” que me gustaría reanudar en entradas posteriores.

Paz como imposición. Juegos de suma cero. Yo gano, tú pierdes

Por ejemplo, la Pax romana, o también la paz americana entre EEUU y Japón desde 1945, son ejemplos de paces condicionadas por victorias militares. La paz no es aquí otra cosa que el equilibrio político que el más fuerte impone. Si el Pacífico ha gozado de 60 años de paz -salvando algún episodio como la Guerra de Corea- es a partir de la victoria de EEUU sobre Japón y sus ambiciones sobre el Este asiático. Ésa es una historia demasiado conocida como para tratar de demostrar que no hizo falta que nadie reconociera el relato del otro, ni se pusiera en en lugar del enemigo o hiciera un examen de conciencia nacional etc. La paz romana o la paz americana son hijas de la victoria, no de la moral.

Otra cosa distinta es que también se debe ser sabio administrando la victoria. Por ejemplo, Francia impuso a Alemania la llamada Paz de Versalles en 1919. Este tratado resultó tan humillante para Alemania que favoreció el discurso ultranacionalista de los años 20 y 30. Cuando en 1945 los aliados derrotaron a Hitler, parece que habían aprendido bien la lección. Por ello adoptaron el criterio de que los gobernantes, y no el pueblo alemán, eran quienes debían sufrir un castigo por la guerra. Fue una decisión sabia, que llevó a la ejecución de altos funcionarios del régimen nazi y al esfuerzo por reconstruir la democracia y la economía alemanas. Pero eso no quita lo fundamental aquí para nostros: la paz fue posible gracias a la victoria militar, no a ningún logro moral previo.

Paz pragmática: evitar juegos de suma negativa

Pero no sólo la victoria hace posible la paz. Otras veces es el miedo a perder -incluso si se vence militarmente- lo que puede evitar o detener una guerra. Un ejemplo bastante claro de ello es la Guerra de los treinta años, que acaba con la Paz de Westfalia en 1648. La podemos considerar como la primera de las guerras mundiales europeas. Se trató de una guerra de religión que enfrentó a católicos contra reformados de toda Europa, y su escenario fue sobre todo Alemania. La Guerra de los 30 años no acaba con la derrota clara de uno de los bandos. La Paz de Westfalia es más bien una paz por agotamiento. Llegó un momento en que casi todos los participantes tenían buenas razones para abandonar las armas. De manera que llegaron a un acuerdo. De hecho, a uno de los acuerdos más importantes del a historia del derecho internacional. Las potencias europeas renunciaron a intervenir en otro país para establecer una determinada confesión o para ayudar a otros hermanos de religión perseguidos. En lugar de eso establecieron que cada príncipe tenía derecho a imponer su propio credo religioso en el país, mientras los demás tenían le compromiso de aceptarlo sin intervenir. La famosa fórmula que cifraba el nuevo orden fue la de “cuius regio, eius religio”: cada rey su religión.

Otro ejemplo de paz basada en el temor a las pérdidas son los años de la llamada Guerra fría. También aquí es evidente que la paz no tuvo como soporte ningún logro moral por parte de nadie. Más bien dependió del miedo a una guerra que podían perder ambos contendientes a la vez.

Paz kantiana: juegos de suma positiva

Hay un tercer tipo de paz, seguramente el más preferible de todos. Dos países pueden permanecer en paz porque ambos ganan más con la paz de lo que ganarían con la guerra. A esta paz la podríamos llamar paz kantiana, por la obra de este filósofo La paz perpetua. Kant pensó que entre repúblicas ilustradas existe una tendencia a la asociación pacífica, pues ganan más mediante la colaboración económica que mediante la competencia militar. De ese modo, en un mundo gobernado por ese tipo de repúblicas, la paz sería consecuencia del propio egoísmo, más que de la reverencia al deber moral. A ese tipo de egoísmo lo llamó “insociable sociabilidad”, y se parece bastante a lo que Mandeville y Adam Smith habían dicho ya sobre los beneficios del egoísmo individual.

El ejemplo más cercano de este tipo de paz lo tenemos en la propia Europa: la UE tiene un diseño kantiano gracias al cual Alemania y Francia han podido poner fin al antiguo ciclo bélico, que probablemente debamos remontar hasta Carlomagno y que entre 1870 y 1940 (¡sólo 70 años!) da lugar a tres guerras.

Pero no nos engañemos, la paz kantiana, aunque sea el modelo más deseable de paz, ha tenido éxito en el viejo continente gracias a dos condiciones ajenas a su diseño institucional:

  1. Funciona en sociedades industriales, pero no está claro que hubiera podido funcionar en regímenes agrarios, donde la posesión de la tierra, más que el comercio de bienes, proporciona la principal fuente de riqueza.
  2. Más importante: la paz kantiana ha sido en Europa una paz “subvencionada”. Si EEUU no se hubiera hecho cargo de la defensa militar de Europa frente a la URSS, ésta hubiera carecido de garantías fiables. De nuevo tenemos, pues, a Marte patrocinando a Venus. A la luz de todo ello resultan cómicos -por ho decir grotescos o hipócritas- los movimientos pacifistas y antiamericanos de la izquierda europea. Por no hablar de los políticos que blandían la marca registrada “Vieja Europa” al país que le había garantizado su próspera paz a golpe de inversión militar. De nuevo, he ahí la confusión de que la paz es hija del logro moral. Por no hablar del narcisismo ético al que esa ilusión puede dar lugar.

¿Debemos hacer cambios en la Educación para la paz?

Creo que estamos cometiendo un error importante en los programas educativos de educación para la paz. Dichos programas están concebidos desde el invernadero artifical de la paz kantiana europea. Como dice Kantor en esta entrada:

el ciudadano europeo, con varios siglos de justicia estatal centralizada, y subsidiado por la maquinaria militar americana por más de tres generaciones, no entiende la política sociobiológicamente natural que prevalece en Oriente Medio. No entiende en general la violencia, que es un trabajo que otros hacen por él (la policía, los jueces o los militares) y que además se le impide hacer por si mismo. En materia de violencia, la clase media Occidental lleva tres generaciones en un ambiente artificial, y sus reacciones son como la de los animales en cautividad cuando se les devuelve a la naturaleza: cómicamente inadecuadas, para cualquier observador bien informado.

Estamos incurriendo en la ilusión, profundamente narcisita, de que la paz es consecuencia del músculo moral de los ciudadanos, y por eso pensamos que educándolos para la paz tendremos sociedades más pacíficas. Olvidamos, por ejemplo, que a los alemanes y los franceses llevaban casi un siglo viviendo en un “jardín liberal” (George Steiner) cuando decidieron matarse entre ellos. El nazismo brotó en la patria de Goethe. La formación humanista es bella, pero como dique de la agresividad natural humana (porque es natural) es demasiado endeble como para confiarle la paz. El estudio realista de la historia (y no, desde luego, la historiografía más o menos estilizada y edificante que se ha puesto de moda al menos en las escuelas españolas) puede ayudar algo más. Es bueno que los alumnos conozcan cuáles han sido las causas tanto de la paz como del a guerra. Descubrirán así que el miedo, la amenaza, la disuasión militar, las expectativas económicas han hecho más por la paz que la moral y los bellos discursos. Tal vez a los educadores más “correctos” tal cosa les parezca inaceptable. Para mí lo inaceptable es erradicar el realismo de las aulas y sustituirlo por una hipermoralización de espaldas a la naturaleza humana y a la historia de la especie.

ACTUALIZACIÓN: continúa en Guerra y paz (II). La guerra nihilista.

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  1. serenus | Dec 31, 2008 | Reply

    No sé si “hipermoralización” es el nombre más adecuado para la tendencia ideológica que está dominando la escuela española – que quizá sea una tendencia general en los países occidentales- y que clama por “la educación en valores”. De hecho tengo dudas entre si tenerlos por fantasiosos (se niegan la verdad a sí mismos) o por mentirosos (la niegan solo a los demás) –lo primeros son peores, diría Nietzsche- Es posible que se trate de una tendencia híbrida de fantasía y mentira. Desde luego la paz no se puede confiar a los “buenos sentimientos”, creo que tampoco la educación moral –si es que ello es posible,

    Te felicito por tus lúcidas -y nada “correctas”- entradas.

  2. Pascual González | Dec 31, 2008 | Reply

    Gracias, colega.

  3. ttk | Jan 9, 2009 | Reply

    Veo que el título de la entrada lleva un (I). Entiendo que quiere decir que hay o habrá más partes, ¿están ya publicadas o vendrán en el futuro?

    Un saludo

  4. Pascual González | Jan 9, 2009 | Reply

    Vendrán en el futuro, ttk. Seguramente bastante pronto

  5. Juanma | Feb 14, 2009 | Reply

    Es interesante lo que dices de la teoría de juegos, de la que apenas sé nada, y mi información se reduce casi por completo a lo que hay en esta página.
    http://www.eumed.net/cursecon/juegos/index.htm
    Te planteo un problema. Según Elster la teoría de juegos está asociada al individualismo metodológico, sin embargo, ni Israel ni Hamás son exactamente individuos (aunque se pueda hablar de unidad de acción), la posición de Elster creo que se puede defender desde posiciones liberales, ahora bien, creo que es más difícil defender el tipo de unidad que mantienen Israel y Hamás (la cuestión es que puede aplicarse la teoría de juegos a cada uno, aunque con diferencias), pero lo que yo creo es desde posiciones conservadoras se entiende lo que permite distinguir dos posiciones nada más. Por tanto, los individuos a los que se aplica la teoría de juegos siempre tiene como límite cierta unidad de acción (poética diría yo) con la que choca.
    Si he diferenciado entre posiciones conservadoras, y liberales, las posiciones progresistas (esta triple diferencia serían algo así como los tipos ideales de Weber), suelen afrontar estos problemas creyendo que es posible la creación de una unidad nueva que supere las que están en conflicto, los que la situaría cerca de las posiciones conservadors (en tanto que estas suelen ser comunitaristas). Pero el horizonte de resolución es también poético (la de una Humanidad reunida).
    Por ejemplo, Rousseau es un teórico en el que esta confusión conservador progresista está muy presente, y su individualismo sería compulsivo, poco liberal digamos.
    No sé si me he explicado bien, en todo caso tus entradas me obligan a plantearme estos temas.

  6. Juanma | Feb 14, 2009 | Reply

    Reescribo un fragmento en el que me he comido varias palabras:

    “pero lo que yo creo es que desde posiciones conservadoras se entiende mejor aquello que permite dos posiciones nada más, dos jugadores, y esto son las creencias, la roca dura que está al final de las razones de las que soy capaz para justificar esta o aquella acción (según Wittgenstein)”

  7. Pascual González | Feb 15, 2009 | Reply

    Juanma, en efecto hay una reducción (por otro lado, inevitable, aunque no necesariamente “viciosa”).

    Obviamente los jugadores reales son Hamas y el Gobierno de Israel (en rigor, ni siquiera “Israel”). Esto, en mi opinión, genera un problema más respecto a la “unidad de acción” de la que hablas de Hamas-Palestina que respecto a Gobierno de I. - Israel.

    ¿Por qué? Porque la democracia juega alineando los intereses del gobierno con los del pueblo, o al menos con los de una mayoría del mismo. Todo depende, claro, del grado en que se identifique una mayoría popular con su gobierno y sus intereses. Tal cosa, digo, ocurre más fácilmente en una democracia.

    En cuanto a la teoría de juegos, está claro que en el mismo tablero se pueden jugar simultáneamente partidas distintas entre múltiples jugadores. Por ejemplo, Al fatah ha hecho una interpretación del asunto distinta de la de Hamás (siquiera de puertas para adentro). En Israel, a juzgar por los resultados electorales de hace unos días, la percepción de la situación varía conforme nos acercamos a las ciudades bajo el alxance de los cohetes de Hamás. Y así podemos seguir incluyendo nuevos jugadores y aumentando el nivel de concreción.

    Pero, claro, no todos los jugadores tienen el mismo peso, y por eso se puede practicar una reducción.

    Un saludo.

  8. Juanma | Feb 15, 2009 | Reply

    La cuestión que más me interesa es el límite de la teoría de juegos. En términos cuasi metafísicos lo plantearía más o menos del siguiente modo, qué es lo que identifica, mejor o distingue, a un jugador, a un individuo, o desde otro punto de vista qué es lo que lo cualifica.
    En términos aristotélicos la cualidad es lo que distingue la esencia, y si un humano es animal político (un jugador), en lo que lo cualifica o distingue siempre hay un reducto con el “que no se juega” - aunque sea producto de otro juego (¿más íntimo?). Las democracias “siempre” ponen en peligro esto con lo que no se juega, y de ahí que crea que las posiciones conservadoras tienen las de ganar. Y si jugamos con lo que no se juega, tenemos las de perder porque otros no jugarán (¿Hamás?)

    Ahora bien, Atenas en la que los jugadores jugaban con aquello que los distinguía “ser ateniense”, terminaron perdiendo con los espartanos que no jugaban entre ellos, no competían, sino que todo estaba destinado a distinguir a Esparta, del resto.
    Por supuesto, que prefiero Atenas, y abomino de Esparta.
    La cuestión es como ser fuerte si nos dedicamos a prácticas que nos debilitan. Y no puede ser de otro modo. La vida nos va en ello.

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  1. From Guerra y Paz (II). La guerra nihilista. | filoblog.com | Jan 19, 2009

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