Este fragmento está extraído de la novela de Dominique Lappierre, La ciudad de la alegría. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos
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Dominique Lapierre

La ciudad de la alegría (fragmento)

La función de alfarero formaba parte tan íntima de la vida de la comunidad como la del sacerdote brahmán o la del usurero. Todos los años, en cada familia hindú se rompían ritualmente los cacharros, lo mismo en cada nacimiento, como señal de bienvenida a la vida, que en cada muerte, para permitir al difunto que partiese al más allá con su vajilla. También los rompían en las bodas, en la familia de la novia, porque al irse la joven moría a los ojos de sus padres, y en la del novio porque con la llegada de la esposa nacía un nuevo hogar.

Y asimismo los rompían con ocasión de numerosas fiestas, porque los dioses querían que todo fuese nuevo en la tierra. En resumen, el alfarero tenía la seguridad de que no iba a faltarle trabajo.

Aparte de Surya y de sus dos hijos que trabajaban con él, sólo había otros siete artesanos en el pueblo. Todos sus obradores daban a la plaza principal. Había un herrero, un carpintero, un Cestero que fabricaba también redes y trampas, un joyero que dibujaba él mismo lo que llamaban "los collares de ahorro". (Cuando una familia disponía de un poco de dinero, las mujeres se precipitaban a su tienda para añadir uno o dos eslabones de plata a su collar.) Había también un tejedor, un zapatero remendón y por fin un barbero, cuyas habilidades consistían más que en ocuparse de los cabellos de sus conciudadanos, en hacer la felicidad de su progenie, porque era el casamentero oficial. Finalmente, a ambos lados del taller de Surya había dos tiendas, la del abacero y la del confitero. Sin los "mishtis" de este último, confites más dulces aún que el azúcar, no hubiera podido cumplirse ningún rito religioso o social.

Hacia el fin del monzón de aquel año se produjo en Biliguri uno de esos hechos en apariencia insignificantes a los que de momento nadie prestó atención. Ramesh, el hijo primogénito del tejedor que trabajaba en Calcuta, volvió a la aldea con un regalo para su mujer: un sello de plástico rojo como un "hibiscus". En aquellos remotos campos nunca se había visto aún semejante utensilio. El material flexible y ligero del que estaba hecho suscitó la admiración general. Pasó de mano en mano con pasmo y envidia. El primero que comprendió el interés de ese nuevo objeto fue el abacero. Aún no habían transcurrido tres meses cuando su escaparate se adornaba con sellos parecidos, de diversos colores. Cubiletes, platos y cantimploras enriquecieron más tarde su colección. El plástico había conquistado un nuevo mercado. Y al propio tiempo asestaba un golpe mortal a uno de los artesanos de la aldea. El alfarero Surya vio disminuir rápidamente su clientela. Y en menos de un año quedó sumido en la miseria con sus hijos. Los dos varones con sus familias tomaron el camino del destierro hacia la ciudad. Surya trató de resistir. Gracias a la solidaridad de su casta, encontró trabajo en un pueblo que distaba unos cincuenta kilómetros y que aún no había sido afectado por la fiebre del plástico. Pero el virus estaba en marcha y todos los pueblos de la región no tardaron en estar contaminados. El gobierno provincial incluso concedió créditos a un industrial de Calcuta para que construyese una fábrica. Un año después todos los alfareros de la región estaban en la ruina.

Desesperado, Surya se dirigió a su vez a Calcuta.

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