
Desde hace unas horas la blogosfera española se está pronunciando de forma casi unánime contra la decisión, en Francia, por parte de la Asociación de Profesionales por una Publicidad Responsable de rechazar una campaña para la prevención del SIDA en cuyo cartel (ignoro si es el único o hay más) aparece una escena sexo entre dos hombres desnudos. Las acusaciones más generalizadas en los blogs que he ojeado tras una búsqueda sobre el tema incluyen la homofobia, los prejuicios, o, en un tono más suave, la gazmoñería.
A mí, en cambio, me parece que hay bastante que matizar en todo esto. Para empezar no me gustan las censuras, ni me suscita ninguna simpatía una asociación que se llame de Profesionales por una Publicidad Responsable. Desconozco, además, la auténtica razón de por qué se ha censurado la campaña. Si es porque exhibir la homosexualidad les parece inaceptable, entonces que clausuren esa Asociación de Profesionales.
Y ahora daré las razones por las cuales yo también habría rechazado ese cartel, aunque adelanto el nervio principal de mi argumento: una campaña de salud previsiblemente ineficaz con dinero de los contribuyentes es inaceptable. No perdamos esto de vista: se trata de una campaña de prevención del SIDA, no de una campaña para la aceptación de la homosexualidad masculina. Tampoco se trata -que yo sepa- de una campaña dirigida a los varones homosexuales, sino al conjunto de la población.
Lo que olvidan quienes agital la acusación de homofobia por la retirada de la campaña es que el rechazo a la contemplación de escenas homosexuales masculinas está muy extendido, al menos entre los varones. Esto no sólo lo digo yo, sino que lo reconocen científicos interesados por el tema , que se lo plantean como un puzzle darwiniano (el rechazo que suele provocar la homosexualidad masculina en tantas culturas no es adapatativo desde un punto de vista evolucionista ¿Por qué, entonces, es tan persistente?). Alguien dirá que ese rechazo tiene ante todo causas culturales. Bien, antes de discutir las causas de ese rechazo hay algo más urgente: si ese rechazo existe, una campaña para prevenir el SIDA con una imagen que produce rechazo a una parte importante de los varones -que después van a buscar sexo con mujeres- no vale para nada. La efectividad de la publicidad consiste en atraer la mirada, no en repelerla. Nos podemos lamentar de que una imagen así cause rechazo, pero entonces debemos definir qué es lo que pretendemos nosotros, si empujar a cuantos nos sea posible a usar y exigir preservativo o a familiarizar a los varones con las escenas de homosexualidad. Por eso, me parece, la imagen de la polémica tendría sentido si la campaña estuviera dirigida al público homosexual, no si está pensada para el conjunto de la población, dentro de la cual, los varones heterosexuales constituyen, además, el grupo más numeroso de transmisores de HIV.
Por cierto, siendo esto así, ¿no podría algún homosexual considerar la imagen como ofensiva al identificar SIDA con homosexualidad, algo superado desde finales de los 80?
Hay una reflexión última: rechazar una imagen así tampoco puede ser identificado sin más con el rechazo de la homosexualidad. Si he de ser sincero, a mí me repugnan las alubias -las bajocas, como las llamamos en mi tierra. Sin embargo, soy el primero en reconocer que son un alimento estupendo, barato y sano, y no pasa día en que no lamento que mi paladar se rebele ante un sabor con el que parece disfrutar casi todo el mundo. También doy fe de que si tuviera hijos procuraría fomentar el gusto por dicha legumbre. Pero nada de eso alivia el rechazo orgánico que siento ante la sola visión de un plato de arroz y habichuelas (o de lentejas, ¡ay!).
Pues bien, conozco a muchos varones a quienes la visión de la homosexualidad masculina les resulta entre poco agradable y asquerosa y que, sin embargo, por nada del mundo se les podría llamar homófobos. Por la sencilla razón de que no lo son, de que jamás emitirían un juicio moral negativo sobre las preferencias sexuales de nadie. También ocurre, por supuesto, que a la mayoría de los varones heterosexuales les gusta -con mucho, y basta echar una ojeada a la industria del erotismo la pornografía para comprobarlo- contemplar escenas de homosexualidad femenina. Muchos de ellos sentirían, en cambio, rechazo hacia las mismas escenas protagonizadas por otros varones. Lo que no tiene sentido es pretender moralizar ese dato.
Y de la misma manera, no tiene tampoco sentido que una campaña de prevención del SIDA lo ignore. También habría que rechazar, por razones parecidas, una campaña que se expresase como Góngora en Las soledades, o que fuera tan convincente como la demostración, digamos, del teorema de Bayes. La publicidad no habla el lenguaje de las vanguardias, ni el de la ciencia, sino que es un producto de la sociedad de masas que asume lo que ésta es. Lo que es estadísticamente. Lo otro se llama educación. Y cuando se quiere utilizar la publicidad con fines pedagógicos -si follas, usa el condón- se debe cumplir, por simple cuestión de eficacia, con exigencias básicas de la publicidad, entre lascuales están la de no provocar el espanto del destinatario, ya sea llamándole homófobo (incluso si lo es) o colocándolo ante lo que le repugna de una forma casi orgánica, por más que su razón no le lleve al rechazo moral.