El manifiesto de Greenpeace.

Greenpeace presenta un manifiesto por el cierre de Garoña avalado por 200 personalidades. Tal cifra impresiona, sin duda. E impresiona más aún cuando comienza a leer sus nombres: M-Clan, Kiko Veneno, Silvia Marsó, Manuel Rivas, Bernardo Atxaga, Romeu (el viñetista de El País) etc, etc. O sea, una lista interminable de músicos, actores, artistas, escritores, políticos… con la misma autoridad en teoría energética que cualquier hijo de vecino. Al final, lo que menos hay son científicos, y menos aún científicos relacionados con el tema energético.

Bueno, para ser justos, hay unas cuantas “personalidades” vinculadas al sector energético. La lista es la siguiente:

José Ignacio Ajona. Wagner Solar, S.L..
Javier García Breva. SOLYNOVA Energía
Juan de Dios Bornay. Bornay Aerogeneradores
Xavier García Casals. Ingeniero Aeronáutico [trabajando para Aiguasol]
Jaume Morrón. Director de DialEc
Pep Puig. Ingeniero Industrial [vía Google]
Christoph Richter. Institute of Technical Thermodinamics
José Santamarta. Director World Watch
Manolo Vílchez. Microempresario solar.

No deja de ser curioso que, según parece, todos ellos tengan intereses económicos en el floreciente (y subvencionado) campo de las energías renovables, que previsiblemente se verían beneficiadas por el cierre de Garoña y que, por supuesto, tienen el mayor de los intereses en la política energética del Gobierno, dado que dependen en gran medida de la misma.

Dicho de otro modo: el manifiesto de Greenpeace tiene más de puesta en escena y de propaganda que de ninguna otra cosa. Más de uno debería preguntarse si el prestigio de la ONG en cuestiones ambientales no es en realidad una burbuja cultural.

Y hay otra cosa más: desde el momento en que junto al movimiento ecológico aparece una “industria ecológica”, las relaciones entre ambas deben ser miradas con la misma sospecha con la que dicho movimiento acostumbra a mirar, digamos, a la industria petrolífera o la nuclear. Pretender que su prestigio moral, justificado o no, les exime de cualquier sospecha es inaceptable.

¿Quiénes hacen más el bien? Sobre un sesgo cognitivo.

Seguramente, nuestra percepción del valor moral de los demás y de sus acciones es dependiente de ciertos patrones narrativos. Para entender qué quiero decir, pensemos, por ejemplo, en la siguiente pregunta:

¿Quién ha ayudado a mejorar la vida de más personas, la Madre Teresa o Norman Borlaug?

Bien, todo el mundo conoce a la Madre Teresa, pero es muy probable que si hacemos esta pregunta a nuestros conocidos, la mitad o más desconozcan quién fue Borlaug (invito al lector a realizar la prueba). Y, sin embargo, a Bourlaug se le puede considerar el padre de la revolución verde, uno de los acontecimientos más increíbles de la historia contemporánea, si no de la historia humana. Para hacernos una idea de sus efectos, pensemos que a finales de los años 60, la India y Pakistán casi llegaron a doblar su producción de trigo, y que pasaron de ser deficitarios a la autosuficiencia.

Las cosechas de trigo en Pakistán casi se doblaron, desde las 4,6 millones de toneladas en 1965 a las 7,3 en 1970. Pakistán llegó a ser autosuficiente en producción de trigo hacia 1968. En el año 2000 la producción superaba los 21 millones de toneladas. En la India, la producción se incrementó de 12,3 millones de toneladas a 20,1 millones en 1970. En 1974 la India alcanzaba el nivel de autosuficiencia en producción de cereales. En el año 2.000, la India alcanzó la producción récord de 76,4 millones (…). Desde la década de 1960, la producción en ambos países ha crecido a un ritmo mayor que la población. (…) La agricultura  altamente productiva ha evitado que la India acabara empleando 400,000 Km² de tierra virgen, un área semejante a la del Estado de California o, si se prefiere, el 13% de la superficie total de la India. El empleo de estas variedades de trigo también tuvo un importante efecto en  la producción agrícola de seis países de Latinoamérica, otros seis de Oriente Medio y otros cuantos en África.

Fuente: Wikipedia inglesa, (Norman Burlaug).

Podemos establecer una analogía sin demasiado temor a exagerar: considerados por sus efectos, la meritoria caridad Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer son a la revolución verde lo que la artesanía fue a la revolución industrial. Y lo mismo podríamos hacer con otros casos, como la electricidad, la farmacopea, la revolución informática de los últimos 40 años etc.  No hay ejército de misioneros cuyos efectos sobre la vida de la gente se acerquen, desde un punto de vista cuantitativo, a los de esos procesos.

Por tanto, nos hallamos ante un sesgo cognitivo de primera magnitud. Un sesgo que, además, afecta al modo en que percibimos el valor de las acciones. Así, cuando hablamos de filantropía, de solidaridad, de ayudar a los demás etc, las imágenes a las que suelen estar mucho más cerca de la la Madre Teresa que de los ingenieros de la revolución verde. Mi sospecha, que en todo caso no es gratuita, es que la posibilidad de narrativa épica (como la de los misioneros o los voluntarios de la cruz roja o de Médicos del Mundo) tiene un impacto mucho mayor sobre nuestra percepción y nuestra memoria que, por ejemplo, las gráficas y las series de enormes números sobre los efectos de la revolución verde. También la acción física y arriesgada resulta más impactante que, digamos, el trabajo de laboratorio. Si alguien quisiera hacer una película sobre Borlaug, por ejemplo, y quisiera que fuese popular, debería primar las escenas al aire libre frente a las escenas en el laboratorio. Debería poner al personaje ayudando a arar los campos con sus propios brazos, junto a un ejército de famélicos campesinos, más que haciendo cálculos sobre las proporciones de abono que debía emplearse para determinado tipo de semilla. Cualquier lector mínimamente reflexivo con en cine sabrá perfectamente a qué me refiero.

En suma: tendemos a valorar las acciones por el sacrificio que requieren y por la intención con que se realizan, más que por los efectos reales que producen.

Creo que la idea expuesta arriba afecta a una gran variedad de situaciones de la vida. Por ejemplo, pensemos en las insistentes campañas que desde la misma escuela se lanzan a los jóvenes acerca del valor de la solidaridad y del voluntariado. Incurren, en mi opinión, en el mismo sesgo cognitivo del que hablamos. No es que tenga nada en contra de todo ello. Sin duda, pasar unas horas en el hospital dando conversación a un enfermo o hacer compañía a una anciana son acciones insustituibles. De lo que me quejo es de cómo se identifica la filantropía o la caridad (permítanme evitar el término "solidaridad", que detesto) con ese tipo de actividades. Dicho de otro modo: se miden más por el sacrificio que comportan, y por la sensación que producen en sus autores, que por el resultado que obtienen. Porque si midiéramos el servicio a los demás por los resultados, lo cierto es que pocas personas han hecho más por los demás que los científicos y los ingenieros. Mucho más aún desde que la ciencia opera a escala industrial. Diré algo más, tras los científicos y los ingenieros, si no junto a ellos, deberíamos situar a los empresarios y a los banqueros, esas figuras egoístas,  ambiciosas, a menudo obcecadas, ególatras y soberbias. Tanto como necesarias. A ellas se les podrían aplicar las palabras con las que se define a sí mismo Mefistófeles ante los requerimientos de Fausto:

(Soy) Una parte viviente
del poder que
constantemente proyecta el Mal
pero hace el Bien

(Continuará)

¡Es la enseñanza de la economía, estúpido!

Grenpeace ha elaborado un decálogo de “motivos para dejar de ser nucleares”. La verdad es que merecería un artículo por sí mismo analizando cada uno de ellos, y espero que alguien lo haga. Aquí, sin embargo, me interesa el tercero de dichos motivos. Por lo que tiene, no ya de disparate, sino de superstición.

La energía nuclear es la que menos empleo genera

Por unidad de energía producida. Menos que cualquier energía renovable. Según datos de Comisiones Obreras publicados en un informe de febrero de 2008.

En realidad es todo lo contrario de lo que dice Greenpeace. O sea, desconozco si la la producción energía nuclear (EN) genera en sí misma menos puestos de trabajo que la producción de otras formas de energía. Pero si fuera así, o sea, si se necesitara menos personal para producir la misma cantidad de energía, eso no sería una objeción contra la EN sino, al contrario, un argumento a su favor. Porque significaría que la EN es menos costosa y, por tanto, más barata.

Como acertadamente me indica Snipfer, (vía twitter), el “argumento” de Greenpeace no es más que una instancia de lo que podemos llamar la falacia del cristal roto (o de la ventana rota también) en honor al relato de Frédéric Bastiat donde éste la expone de una forma tan pedagógica.

Trasladada a la lógica de Greenpeace (importada a su vez de CCOO, según ellos mismos afirman) cuanto más personal necesitamos para producir energía mejor, porque más trabajo se genera. Es un error, claro. En realidad, cuanto menos personal se necesita para producir energía o cualquier otro bien, más barato es el precio de la misma, por lo que  (dejando aparte otras consideraciones como la escasez de la materia prima) más energía se puede consumir por menos precio. Si ahorramos dinero en la producción de energía al ahorrar puestos de trabajo, lo que sucederá no es que habrá menos trabajadores, sino que el dinero ahorrado aumentará nuestra capacidad de consumo (o de inversión) y se podrá dedicar a generar nuevas actividades económicas que producirán nueva riqueza y nuevos empleos.

Existe una versión de la falacia del cristal roto que me resulta especialmente familiar. Se la debo a mis alumnos, a quienes se la vengo escuchando desde que doy clase. Cuando les llamo la atención por ensuciar el aula con papeles, bolsas de chetos y otras inmundicias, suelen responder que de ese modo generan trabajo para las señoras de la limpieza, las cuales deberían estarles agradecidas por garantizar su puesto de trabajo gracias a la cantidad de suciedad que generan. Como advierte el lector, esto es equivalente a pensar que unos gamberros que destrozan un escaparate de una pedrada: es posible que el cristalero salga ganando, pero el saldo global es negativo.

En el último examen de Filosofía y Ciudadanía, que trataba entre otras cosas sobre teoría de juegos, incluso introduje una pregunta sobre el tema. La mayoría de los alumnos supo relacionar sin problemas el relato de Bastiat con la actitud de los alumnos sucios que se justifican diciendo que dan trabajo a las limpiadoras. Pero ¡ninguno acertó a ver la falacia, a pesar de que se indicaba al final del texto! Las respuestas solían estar de acuerdo en que los gamberros que rompen cristales y los alumnos que ensucian las aulas son benefactores sociales.

Bien, no creo que se les pueda reprochar nada a ellos. Peor aún es la cantidad de licenciados que conozco que han suscrito las tesis de Greenpeace sin pararse lo más mínimo a examinarlas. Pero lo peor de todo, y lo que merece una discusión profunda, es el elevado grado de ignorancia económica de nuestros bachilleres. Sé que los profesores de Filosofía siempre nos estamos quejando de la situación de nuestra asignatura, y que periódicamente lanzamos campañas para convencer a la sociedad de la importancia de conocer a Platón o a Nietzsche. Seguramente, además, tenemos razón. Pero si somos honrados hay que reconocer que el conocimiento de la economía (pienso sobre todo en sus fundamentos teóricos, conceptuales, más que en el manejo matemático) es una importante asignatura pendiente de nuestro sistema educativo.

Por ejemplo, después de bastantes años dando clase de Ética y de Filosofía, y aunque se trate de una observación informal, sé que a un porcentaje altísimo, si no a la mayoría, de nuestros alumnos de Bachiller se le pueden atribuir muchas de estas frases:

  • La causa de que existan pobres es que existen ricos (= la economía siempre es un juego de suma cero). 
  • No entiendo por qué no hacen más billetes para todos.
  • La pobreza de África se acabaría si “la gente” fuera más generosa.
  • Los alumnos guarros generamos riqueza porque damos trabajo a las limpiadoras.
  • No entiendo qué hace que un trozo de papel pueda valer tanto.
  • El Gobierno debería impedir que entraran tantos productos extranjeros porque eso elimina puestos de trabajo.
  • ¿Qué ha querido decir el profesor con eso de que no existen los almuerzos gratis y con que siempre nos preguntemos quién está pagando las cosas que no nos cuestan nada? ¿Lo gratis no es gratis? La misma palabra lo dice.
  • Los ayuntamientos deberían subvencionar más conciertos.
  • Cada vez hay más pobres. Incluso proporcionalmente.
  • La revolución industrial fue un engaño a las clases humildes, que acabaron trabajando en fábricas horrorosas [Imaginarios: Dickens, Chaplin…].
  • El dinero es un asco;  genera injusticias y hace a las personas egoístas. Deberíamos vivir en un mundo sin dinero.
  • El boicot a Nike es una causa humanitaria de justicia. ¡Explotadores de niños!
  • ¿Qué ha querido decir el profesor con eso de que durante la mayor parte de la historia humana los hombres han vivido en un “mundo malthusiano” que generaba constantemente “juegos de suma cero”? ¡Qué cosas más raras!
  • Con la globalización somos más pobres.
  • El capitalismo es una de las causas de la pobreza.
  • Las ONGs son uno de los principales frenos de la pobreza.
  • Los bancos son entidades profundamente inmorales. Los banqueros son detestables.

¿Lo más triste? Una gran parte de estos tópicos han sido alentados por sus propios profesores. ¡Palabra de Boy Scout!

La familia y el Estado.

El malvado Estado de nuevo. Esta vez contra la familia:

Si a pesar de todo siguen existiendo familias "tradicionales", se trataría de destruir la autoridad de los padres, restringiendo su derecho a controlar la educación de los hijos, sus decisiones en cuestiones tan graves como el embarazo de una niña de dieciséis años o legislando sobre las relaciones en el ámbito doméstico (dar un cachete a un niño puede ser ya motivo de perder la patria potestad, al menos temporalmente)

Perdón por comenzar mi respuesta con una anécdota. Hace ya bastantes años tuve una alumna gitana. Cursaba 4º de la ESO y estaba perfectamente integrada con sus compañeros de clase. También se sentía feliz con las tradiciones gitanas de su familia. Hasta que su padre le dijo que no veía bien que siguiera estudiando, que ya había tolerado bastante con permitirle cursar la ESO (16 años) y que bachillerato le parecía todo un exceso. Lo que desconocía el padre es que su hija no sólo pretendía hacer bachillerato como el resto de sus compañeros, sino que soñaba con poder acudir después a la Universidad. Aunque me marché aquel mismo año del centro supe después que acabando 2º de bachillerato hubo de enfrentarse a problemas parecidos con su padre. Hoy sé por Google que Isabel acabó su carrera y que la está ejerciendo de forma más o menos profesional. Ha tenido suerte, desde luego, pero es difícil dejar de pensar cuántas chicas como ella han visto frustrados sus deseos de seguir estudiando.

Cuando los ancaps como CLD contraponen la familia al Estado deberían pararse a pensar ejemplos como el de arriba. Porque como ése, y peores, los hay a patadas. Como tantas veces, el error está en que CLD olvida que que no estamos ante un problema binario (o la familia o el Estado) sino de grado: hasta dónde debe llegar la autoridad de la familia y hasta dónde la acción del Estado. Entiendo, eso sí, que presentado de esta manera el problema deja de tener ese aire maniqueo y espectacular (Estado bueno, familia mala, o al revés). De manera que no se trata de elegir entre la familia y el Estado, sino de algo que realidad es mucho más complejo: deliberar y tomar decisiones sobre los límites de ambas instituciones. Ya ven: en democracia los problema suelen exigir enormes dosis de sentido común. Por ejemplo el sentido común suele decirnos que el Estado debe apoyar a las chicas que desean seguir estudiando frente a la resistencia de sus padres. También suele decirnos que se debe condenar a los padres que someten a sus hijas a la ablación del clítoris, o que pretenden concertar bodas para sus hijos cuando son menores. ¿Y qué me dicen de los estudios de los hijos? ¿Deberían los padres ateos tener la autoridad para prohibir a su hijo cursar religión en el instituto? ¿Debería un padre imponer a su hijo escoger entre bachillerato científico o de humanidades? ¿Y entre bachillerato o formación profesional? A mí me da que no, pero no sé a ustedes. Tal vez CLD y otros comentaristas de su blog piensen que al responder así estoy conspirando para "allanar el camino del socialismo" y que éste entre como los tanques soviéticos en Hungría o en Checoslovaquia. No sé, la verdad.

En fin, sigamos: el sentido común dice igualmente que los padres deben ser libres para educar a sus hijos como católicos, como judíos, como calvinistas o como musulmanes, aunque conforme la educación religiosa de las criaturas se va radicalizando por parte de la familia, el sentido común nos dice que tal vez el Estado debería tener el deber de enseñar a esos chicos que el resto de la sociedad no tiene por qué acompañarles por la senda de una piedad radical. Y con frecuencia nos encontraremos con caso muy difíciles de resolver, en los que las intuiciones del sentido común serán insuficientes, lo cual exigirá un debate complejo. Por ejemplo, cuando se trate de decidir si prohibimos que las niñas musulmanas asistan al colegio con hiyab o con chador. También será difícil tomar decisiones en cuanto a si los padres tienen derecho a permitir a sus hijos asumir ciertos riesgos, como los de torear o los de participar en correfocs. Por no hablar de lo difícil que resulta decidir si los padres pueden impedir a una hija menor tomar la píldora del día después o abortar por propia decisión.

Todos estos casos son problemáticos porque suelen enfrentar principios básicos entre los que nos cuesta elegir (la libertad, la seguridad, la autoridad de los padres sobre los hijos, el derecho a decidir sobre nuestra vida etcétera). Pero si los planteamos de manera honesta deberíamos aceptar que no existen soluciones maniqueas a los mismas, como pretenden quienes los presentan en forma de disyuntiva excluyente entre el Estado y la familia. Ni uno ni la otra: ambos.

El frontispicio del Novum Organum

 

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Éste es el frontispicio del Novum Organum (la nueva lógica) de Francis Bacon, publicado en 1620. Puede interpretarse como un anuncio de lo que se llamaría “querella entre antiguos y modernos”, que suele fecharse a finales del siglo XVII y circunscribirse al mundo literario.

Una breve nota sobre dicha polémica: los creadores del Renacimiento elevaron la cultura de la antigüedad clásica a canon, y se esforzaron por imitarla con notable éxito. Entre ellos y esa  época antigua que veneraban se abría un foso de oscurantismo y decadencia al que bautizaron precisamente con el título de Edad Media, por hallarse entre los antiguos y ellos. La mayoría consideró que los primeros habían dejado el listón de la cultura y el arte en un nivel insuperable. Hasta que en el siglo XVII los modernos comenzaron a defender la idea de que ellos, los hombres del presente (los “modernos”, que eso es lo que significa el término) en realidad habían superado las cimas de la antigüedad. Los partidarios de los antiguos reaccionaron ante dicha opinión para defender la superioridad cultural de los antiguos.

El frontispicio del Novum Organum puede entenderse como un anticipo de la postura moderna frente a los antiguos, muy anterior al debate en el ámbito literario, cuyo inicio suele fecharse en 1687, con la publicación de “Le siècle de Louis le Grand”, de Charles Perrault.  Veámoslo.

Las columnas por las que el barco pasa son las de Hércules, que tradicionalmente han constituido el límite del mundo conocido en la antigüedad. Los romanos asociaron al paso entre el Mediterráneo y el Atlántico la leyenda “Non plus ultra” (no más allá). Posteriormente, Carlos V modificó el lema por el de “Plus Ultra” (más allá), para subrayar que los españoles habían superado los antiguos límites del mundo. Francis Bacon utiliza este imaginario para representar el significado de eso que más tarde se llamará “revolución científica” respecto a la ciencia antigua y medieval. Al elegir el tema del “plus ultra” el significado del frontispicio es indiscutible: nosotros, los modernos, hemos ido más allá. O, quizá mejor, “iremos”, en futuro, si atendemos a la leyenda: “Multi Pertransibunt et Augebitur Scientia” (Daniel 12:4): “Muchos la atravesarán y la crecerá la ciencia”. El tiempo futuro y el carácter profético de las palabras de Daniel refuerzan la naturalidad con que Bacon concibe el progreso del saber. Esta confianza la encontramos igualmente en textos contemporáneos suyos del Novum Organum, como la sexta parte del Discurso del método.

Además, la idea del progreso científico está alentada por uno de los cambios de mentalidad propio de la revolución científica, fácil de encontrar en autores como Descartes o Bacon: estos autores comienzan a preocuparse por la ciencia y el método científico como un método de descubrimiento de nuevas verdades (ars inveniendi). Al lector moderno le parecerá evidente algo así, pero no debemos perder de vista que tanto la tradición medieval como los humanistas solían compartir la idea de que no quedaban descubrimientos científicos por realizar, y de que la tarea científica consistía en la presentación racional y sistemática de ese material. Como afirma uno de los mejores estudiosos actuales de la Revolución científica:

En el contexto de la ciencia, al principio causa perplejidad que Aristóteles parezca pensar que la exposición del conocimiento fuera más importante que el descubrimiento de nuevos conocimientos. El hecho, sin embargo, es que existe evidencia de que para  Aristóteles el vasto conjunto de las cosas que debían ser conocidas ya lo era realmente, de manera que la tarea más apremiante era la organización y la presentación de estos  conocimientos en una forma sistemática y económica. Por desgracia no podemos probar con certeza si Aristóteles sostuvo la tesis de un "final de la ciencia". Ein embargo, sus sucesores medievales y renacentistas, ya le fueran favorables u hostiles a su filosofía, sí adoptaron dicha idea. Todavía en el siglo XVII encontramos una floreciente tradición de manuales  aristotélicos. Y los humanistas opuestos a Aristóteles incluso adoptaron una postura más radical: para mucho de ellos, el conocimiento científico se había completado en la antigüedad.

Stephen Gaukroger: Cartesian Logic, p. 23.

¿Quién es un votante racional?

El viernes, acabando la clase, tuvimos un momento de relajación, y los alumnos (1º de Bachillerato:  entre 16 y 18 años) estuvieron comentando cómo afrontan sus primeras elecciones tanto ellos como otros jóvenes de su entorno. Uno de ellos se quejó de que en su pedanía la gente joven acepta que sus propios padres les preparen el voto. Entonces, otro, de 18 años recién cumplidos, respondió más o menos como sigue:

Mi padre no me dice qué tengo que votar, pero yo votaré lo mismo que él, porque vivo en su casa y me mantiene, de manera que lo que es bueno para mi padre también lo es para mí. Y como no entiendo de política, prefiero adoptar su criterio a establecer el mío propio.

De entrada me sorprendió tanta sinceridad. Después, durante este fin de semana, he pensado varias veces en sus palabras. No calificaría nunca su actitud como la de un votante ideal. Supongo, también, que como profesor, o simplemente como ciudadano más adulto, debo animarlo a informarse sobre la situación política española. Pero también creo, por otro lado, que como votante su postura no es ni mucho menos más irracional que la de muchos de quienes votan libremente,  si bien con una ignorancia de la Res publica tan   grande al menos como la de este muchacho.  Y hay algo más, me temo: él ha racionalizado su propio desconocimiento respecto a la política y ha elaborado un argumento para optar por la mejor opción a partir de su ignorancia: si es bueno para mi padre, es bueno para mí, por lo que si él sabe más que yo, tengo más probabilidades de acertar con mi voto imitando el suyo.

Así que desee el viernes me hago esta pregunta: ¿es mi alumno un votante racional?

Nuevos argumentos sobre el aborto (respuesta a Antonio)

Tras un apresurado intercambio de opiniones con Antonio en la entrada anterior me gustaría hacer unas matizaciones sobre mi postura en torno al aborto. Sobre todo porque son escollos teóricos habituales en el debate.

1) ¿Establecer un plazo razonable para practicar el aborto exige adoptar un criterio preciso sobre cuándo aparece la persona humana?

2) Ser conservador a la hora de establecer plazos y límites ¿significa adoptar un enfoque análogo a la norma jurídica de “in dubio pro reo”?

Si yo he interpretado bien a Antonio, (y le pido que me corrija si me estoy equivocando) él respondería afirmativamente a ambas preguntas. A mí, en cambio, me parecen cuanto menos muy matizables. Trataré de explicarlo.

(1) Tomar una decisión sobre el plazo razonable para abortar no exige establecer un criterio preciso sobre el momento de la gestación en que aparece la persona.

Imaginemos que estamos sobre tierra firme, pero que a unos kilómetros en línea recta existen unos pantanos bastante peligrosos por los que resulta imposible  caminar sin ser engullido por el agua y el lodo. Quien se adentrara lo suficiente, iría notando cómo el terreno se va haciendo cada vez más inestable, cómo la tierra se va convirtiendo en fango, hasta que, finalmente, le resulta imposible caminar. Además, se nos pide que separemos la tierra firme de los pantanos mediante un muro para evitar que nadie acabe ahogándose en éstos. Bien, comprender la naturaleza del problema exige darnos cuenta de dos cosas:

A. No existe un punto a partir del cual acaba la tierra firme y comienzan los pantanos. O sea: estamos sobre un continuo.

B. Aunque no podemos establecer dicho punto, sí podemos elegir una franja dentro de la cual erigir el muro de forma que esté lo bastante alejado del pantano como para que nadie pusiera su vida en peligro, pero también lo bastante dentro como para que se pudiera pasear hasta el muro sin peligro.

El valor del muro es ante todo pragmático: no delimita el pantano, pero nos protege de caer en él.

La discusión sobre el aborto se parece bastante a este problema: no se trata tanto de establecer en qué momento exacto de la gestación (o más allá de ella, como también afirman algunos) nos hallamos ante una persona acreedora de especial atención, sino de establecer un límite en el que nos sintamos seguros.

Imaginemos, por ejemplo, que en la deliberación sobre qué características hacen de un embrión, de un feto o de un niño un ser especialmente valioso y digno de protección se propusieran (para mencionar algunos de los típicos) la capacidad para sentir dolor, la formación del neocórtex,  la posesión de algún tipo de conciencia o la viabilidad extrauterina del feto. Es probable que existieran importantes desacuerdos entre quienes defienden un criterio u otro de los mencionados. Sin embargo, quienes discuten sobre ese tema pueden estar al mismo tiempo de acuerdo en que los embriones no poseen ninguna de esas características, por lo que no son acreedores de una protección jurídica especial (independiente del deseo de la madre de cuidar su embarazo). Lo que nos encontramos aquí es que es racional tomar decisiones sobre cuándo es aceptable abortar sin necesidad de establecer un criterio sobre el momento preciso de la gestación (o más allá de ella) en que estamos ante una persona.

Dicho de otro modo: cuando se trata de problemas relacionados con “el continuo” podemos tomar decisiones pragmáticas sin necesidad de resolver todos los problemas teóricos. Podemos separar la tierra firme del pantano sin necesidad de delimitar de forma precisa uno y otro.

(2) La prudencias  en la elección de un plazo razonable para el aborto no exige adoptar un principio análogo al “in dubio pro reo

El problema es que negar el derecho al aborto con el argumento de que se debe aplicar el principio jurídico de “in dubio pro reo” creo que es un error categorial. La clave, a mi juicio, está en que la presunción de inocencia en caso de duda se aplica porque en un proceso no se posee el suficiente conocimiento de los hechos para saber si alguien es culpable, en cuyo caso se le declara no culpable o inocente. Lo que ocurre es que en el caso del aborto, dado el estado actual de la embriología, el problema no procede de la falta de conocimiento sobre los hechos. A diferencia de lo que ocurre en un caso judicial lleno de lagunas, nuestros conocimientos conocimientos de embriología son bastante aceptables.

El problema, por tanto, no gira en torno a ninguna ignorancia sobre hechos, sino en torno a la decisión de qué características ponderamos en el debate sobre cuándo algo es también alguien. O sea, sobre cuándo algo merece el estatuto moral de persona y, por tanto, debe gozar de una protección especial con independencia de la voluntad de su madre.

Un argumento antiabortista con (1) y (2)

Entiendo también que los puntos (1) y (2) pueden servir para tejer un argumento antiabortista que podemos enunciar así:

Para que el aborto sea aceptable debe establecerse qué características hacen de un embrión o un feto una persona. Como no existe un acuerdo claro en torno al momento de la gestación en que tal cosa ocurre, ni a las características que debe poseer un embrión o un feto para ser persona, la prudencia y el gran valor de lo que está en juego debería llevarnos a adoptar un punto de vista conservador, similar al de “in dubio pro reo”, tal y como suele ser la norma en los tribunales de justicia civilizados. Ante las dudas y ante la falta de consenso sobre qué es una persona, por tanto, lo mejor es no permitir el aborto: in dubio pro nasciturus.

Ese argumento es ingenioso, pero me parece erróneo. La razón es que, como ya he indicado al discutir (1), es posible que haya un consenso razonable cuándo es moralmente “seguro” abortar aunque no exista ese consenso en torno al preciso momento en que deja de serlo.

¿Creen realmente los antiabortistas lo que dicen que creen?

La tesis elemental del antiabortismo “pro-vida” al uso puede resumirse así: desde el momento de la fecundación nos encontramos con un ser humano que posee una dignidad personal idéntica a la que goza cualquier persona. Por tanto, el embrión y el feto deben ser objeto de una especial protección, idéntica a la que gozan, por ejemplo, los bebés y los niños.

Por supuesto, esa creencia se puede objetar, y de hecho el debate habitual sobre el aborto consiste en defender o atacar dicha idea. En el centro del debate (cuando merece ese nombre) nos encontramos con la discusión sobre el estatuto moral del embrión y del feto.

Hay, sin embargo, otra línea de discusión menos habitual pero igualmente interesante, y consiste en preguntar si los antiabortistas “pro-vida” son realmente sinceros cuando afirman que la dignidad de todo embrión es idéntica a la de los niños de dos años, por ejemplo. si tuviera que apostar´lo haría a que no lo son.

Veamos: de la idea básica antiabortista se desprende una consecuencia lógica: lo que ocurre en el útero a los embriones y los fetos (en cualquier momento de su  gestación) es igual de grave que lo que ocurre fuera de él. Pero quien profese esa creencia debería, para ser coherente, reaccionar ante el aborto como quien reacciona ante un genocidio. No me refiero a declarar que es un genocidio (ésa es la retórica que, en mi opinión, no creen ni ellos) sino actuar como si se tratara de un genocidio. Como dice Damon Linker (citado por Andrew Sullivan):

Si el aborto es realmente lo que el movimiento pro-vida dice que es – si significa infligir la violencia mortal contra una persona inocente y sin defensa- entonces ¿no exigiría la moralidad que los pro-vida hiciesen algo para detener dicha violencia? O sea, si yo creyera que un tipo que trabaja en una oficina al final de la calle se dedicaba a asesinar a personas inocentes e indefensas todos los días mientras las autoridades se niegan una y otra vez a intervenir en nombre de las víctimas, me podría sentir obligado a hacer algo al respecto, tal vez algo poco razonable e irresponsable. No se sentiría usted igual?

Después, Sullivan plantea una cuestión interesante a propósito del asesinato del médico abortista George Tiller, que había concitado las iras de muchos por practicar abortos tardíos: “no hay nada peor en matar un feto de ocho meses que uno de ocho minutos”. Y ésa es la cuestión: si lo que ocurre en el útero y en cualquier momento de la gestación tiene la misma gravedad moral que lo que ocurre fuera de él, por qué encontramos esas modulaciones y esas distinciones en el discurso antiabortista? ¿Por qué ese empeño en usar para su propaganda  vídeos con fetos en avanzado estado de gestación? ¿Por qué no muestran también mórulas, blastocitos y embriones, dado que según su lógica son moralmente idénticos? Y, dese luego: ¿por qué no nos encontramos con una “resistencia” armada contra las clínicas de abortos? Es de suponer que dicha resistencia surgiría en el caso hipotético en que unos malvados asesinaran cien mil niños al año con la autorización del Estado.  ¿Debemos inferir que si tal cosa ocurriera con personas que viven fuera de los úteros, los pro-vida se dedicarían a llamarlos genocidas en sus blogs y en sus emisoras, o a manifestarse pacíficamente, pero nada más? Tal pasividad haría recaer sobre ellos la acusación de tibieza por los siglos de los siglos.

Otro caso curioso es el de cómo algunos pro-vida, después de referirse al aborto como un “genocidio de niños”, están dispuestos a aceptar el aborto en el supuesto de la violación simplemente porque “no se puede imponer un embarazo a una mujer en el único caso en el cual no es responsable de ello”. Pero si el embrión o le feto tiene la misma dignidad que un niño de dos años ¿cómo se puede justificar su “asesinato” por haber sido concebido en una violación de la que él  es menos responsable que nadie? ¿No será que lo que realmente les preocupa a los antiabortistas de matriz religiosa es la conducta sexual de la madre, más que el estatuto moral del embrión?

Y por último, pensemos en los abortos espontáneos que, según parece, alcanza una incidencia de entre 50 y el 75 por ciento. A menudo he usado este argumento frente a los antiabortistas pro-vida, y la respuesta habitual suele ser la misma: a esos nos los mata nadie. Es cierto, pero imaginemos que existe una enfermedad o algún otro factor natural que  condenase a muerte a la mitad de nuestros hijos. Los signos de duelo, de lamento y, muy probablemente en el mundo desarrollado, las presiones para buscar alguna solución científica en vez de resignarnos, serían más que patentes; existiría un clamor que, extrañamente, no se escucha entre quienes afirman las tesis pro-vida y su consecuencia lógica de que lo que ocurre en el útero y en cualquier momento de la gestación tiene la misma gravedad moral que lo que ocurre a las personas fuera de los útero.

En resumen, todas estas consideraciones me hacen sospechar de que a pesar de sus declaraciones, la actitud de los pro-vida indica que su problema no es la defensa del embrión, sino la conducta de las abortistas. Creo que estamos ante otro caso de pánico moral, como el de los antitaurinos,  sobre los cuales argumenté que no estaban realmente tan preocupados por el sufrimiento de los animales como por lo que a sus ojos representan los aficionados a la lidia.

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euronihilistas por Hamas

Incesto, cinturones de seguridad e instituciones sociales.

En Rumanía se está preparando una ley para despenalizar el incesto. Hay otros tres países europeos donde esta práctica no es delito: Francia, Portugal y España. El argumento que se ofrece para la despenalización es la diferencia entre legalidad y moralidad. Lo cierto es que desde una óptica liberal (en un sentido amplio del término) esto es verdad. Sin embargo, en Secular Right he leído a un comentarista que propone una buena objeción:

Si yo fuese rumano y pagase impuestos al sistema público de salud, probablemente me opondría a la legalización del incesto a causa de la innecesaria carga [que supondría] sobre el contribuyente [on the public].

Podría objetarse en todo caso que el sexo y el matrimonio ya no están vinculados necesariamente a la reproducción.

Sea. Aun así, lo que me interesa es la lógica del argumento, porque es el mismo que propongo cuando se plantea el tema del cinturón de seguridad en los vehículos. El argumento en contra de su obligatoriedad suele ser que el Estado no debe penalizar una práctica cuyas consecuencias, a diferencia por ejemplo de las de conducir bebido, recaen sobre quien toma la decisión de no usar el cinturón de seguridad. O sea: si me quiero matar es cosa mía. Bien, es cosa tuya… hasta que la sanidad pública deba financiar un tratamiento por paraplejia a causa de un accidente, o la seguridad social una pensión de viudedad a tu cónyuge.

Ésta no es una entrada a favor o en contra de legalizar el incesto o de la obligación de llevar cinturón. Lo que pretendo decir es que resulta difícil hablar de libertades y del papel tutelar del Estado si no se habla al mismo tiempo de las instituciones sociales mediante las cuales el Estado también se hace cargo de nosotros y de nuestras familias. Reivindicar el derecho a elegir si se lleva el cinturón o no, es legítimo. Reivindicar ese derecho mientras se defiende que el sistema público de salud se haga cargo de nuestros gastos médicos en caso de accidente, no es que no sea legítimo, es que resulta ilógico.

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